2.1.7 El romanticismo de José Jacinto Milanés (1814 – 1864)

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José Jacinto Milanés constituye uno de los poetas más interesantes de nuestra historia lírica, no solo por la singularidad de los tonos de su obra dentro del registro romántico, sino también por su propia vida, especialmente los últimos años en que pierde completamente la razón, las huellas de la creciente falta de lucidez van quedando en sus obras, aunque en la etapa final cesa completamente su labor creadora e incluso sus otras labores, de hecho se convierte en un ser inútil que divaga y deambula en su propio universo, sin contacto alguno con la realidad.

Aunque no se ha reconstruido completamente su historia personal, se conoce que provenía de una familia matancera acomodada, con un gran número de hijos; sin embargo el status social de la misma no se correspondía con los recursos económicos de los cuales en realidad disponía, pues estos habían menguado a la par que conservaban una falsa aureola de riqueza. Los trastornos mentales y desvaríos literarios de la última etapa del poeta, se atribuyen en ocasiones a contradicciones derivadas de su situación a medio camino y en el centro de los antagonismos de dos clases sociales contrapuestas.

La formación del poeta tuvo como mentor directo a Domingo del Monte, quien ejercía una especie de amistoso mecenazgo en el ámbito cultural de la Cuba de su tiempo, dígase de paso que esta personalidad, aunque con un intelecto notable y vasta cultura, estaba limitado por sus condicionamientos de clase, como perteneciente a la élite burguesa y velador por tanto de sus intereses; y su influencia sobre el poeta quizás tendió a agudizar aun más las propias complejidades de la personalidad del mismo y la difícil interacción con su medio, lo que se refleja a veces en una escritura agónica y que rompe los cánones más caros a la propia estética del autor.

Sobre la línea estética que es inteligible a lo largo de su obra, sin tomar muy en cuenta desde el punto de vista literario la fase final –valga que psicológicamente tiene un valor inestimable y aun no explotado para aproximarse a la personalidad del poeta- puede apreciarse un romanticismo deudor de la poética herediana, pero que sigue una línea mucho más dulce e intimista, sin la exaltación que recorre los versos del citado autor.

Se destaca el empleo de vocablos que entonces eran neologismos cubanos, en ocasiones rayanos en lo vulgar, quizás en un intento por rescatar y dar luz al cariz de belleza del habla popular, mayormente ignorado. Sobre este aspecto, Luaces y Fornaris destacaron en Cuba Poética: “fue el primero que entre nosotros quiso iniciar una literatura propia, y para ello pintó con colores vivos, los objetos que le rodeaban, atreviéndose a usar nombres y aun locuciones provinciales (cubanismos) de que antes huían nuestros poetas como de un insulto a las tradiciones y una profanación a los poetas clásicos españoles”

Sin embargo la cubanía, además de estar presente en las palabras y el propio discurso poético, tomó desde Heredia una senda hacia el independentismo que sería indeclinable y a la vez exacerbada por la corriente romántica, la cual tuvo en Milanés uno de sus asideros clave. Uno de sus poemas más famosos, “La fuga de la tórtola” constituye una clara alegoría a la necesidad que tenía la Isla de libertarse del yugo español, una de las lecturas posibles apunta también hacia el cese de la esclavitud, sugerida con el uso de la palabra “cimarronzuela” para calificar a la tórtola en fuga, sobre todo si se apela a la sensibilidad del autor hacia las causas justas. Otro de los enigmas que plantea este poema es que el sujeto lírico que dialoga con la tórtola es femenino, aunque puede tratarse solo de una necesidad de rima. La estrofa más significativa para entender la postura del autor ante la libertad es la siguiente:

“Pero ¡ay! Tu fuga ya me acredita
Que ansias ser libre, pasión bendita
Que aunque la lloro la apruebo yo-
¡Ay de mi tórtola, mi tortolita,
Que al monte ha ido y allá quedó!”

Además de esto, trasluce en su obra un matiz de naturaleza socialista que su familia se guardó muy bien de ocultar, incluso se ha llegado a conjeturar que su locura, atribuida a un desengaño amoroso, en realidad fue una especie de ardid para protegerlo de la presunta persecución española. Su poema titulado “Un pensamiento” referido explícitamente a Cuba, contiene la siguiente estrofa:

“Pero ¡ay de mí! Que aunque halaga
Tu hermosura tan de lleno,
En ese cándido seno
Hay una espantosa llaga.
En vano, hermosa doncella,
La escondes, todos la ven,
Y todos saben muy bien
Que una llaga en una bella
Su beldad desengalana.
¡Pobre Cuba, pobre niña,
A quien la asquerosa tiña
Robó su hermosura indiana!
¿Qué vale ornarte de flores,
Si en tus campos de guayabos
Vagan señores y esclavos,
Oprimidos y opresores?”

El tema de Cuba fue muy recurrente en su poesía, y José Jacinto Milanés ha pasado a nuestra historia no solo por recoger el sentir independentista que se afianzaba en la conciencia colectiva de entonces, sino también por la singularidad de su voz poética, en la que el romanticismo no constituía para nada mímesis de los modelos europeos ni aun de los que ya integraban la tradición lírica en la Isla, sino que había sido interiorizado y vuelto a la luz de una manera distinta y plural.