2.2.6 Influencia de la personalidad y obra de Domingo del Monte (1804 – 1853) en la vida literaria del país

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Domingo del Monte fue una personalidad un tanto controvertida por ciertas inconsecuencias entre su pensamiento y sus actuaciones en materia de política, pues no fue del todo transparente en cuanto a convicciones. Su matrimonio con Rosa Aldama, hija de un acaudalado comerciante y propietario perteneciente a la emergente burguesía, le permitió escalar una posición social desde la cual contribuiría notablemente al desarrollo de la cultura y las letras cubanas, contando asimismo con vastos conocimientos y un marcado interés en el desarrollo del país, desde la óptica de los sectores económicos dominantes.

Sus intentos por conformar un acervo literario propio en el país, aunque fuera mimetizando lo que se consideraba lenguaje artístico en Europa y en particular en España, de cuya cultura siempre fue fiel admirador y acólito, incluirían el proyecto de creación de la Academia Cubana de Literatura, el cual fue abortado y le acarrearía incluso después el destierro; sus contribuciones críticas, costumbristas e historiográficas a distintas publicaciones periódicas, las tertulias que organizaba en su residencia y el intercambio epistolar que mantuvo con personalidades de distintos ámbitos, especialmente literario.

La pureza y la elegancia constituían sus ideales estéticos, los cuales llevó a su obra con algunos aciertos en la prosa, aunque erró al pretender aplicar a la poesía los mismos presupuestos que a la prosa, tanto en los romances que compuso como en sus ejercicios críticos. Sobre este punto, José Lezama Lima afirmaría: “al querer unir las formas más clásicas y tradicionales con un contenido netamente cubano, paisajes, hombres, costumbres, Del Monte trajo a la poesía cubana una interrogación más que una solución a la expresión de lo nuestro”

Aunque fue bastante cauteloso en cuanto a asumir y expresar un credo político determinado, si se opuso con claridad a la trata de negros y a la existencia de la esclavitud, no tanto por connotaciones éticas como porque lo consideraba un sistema extemporáneo atentatorio contra el progreso económico.

En el entramado de su obra no se puede desentrañar claramente si alguna vez llegó a ser independentista, pero es evidente que sus iniciativas culturales en el marco de la oficialidad fueron siempre cercenadas por el poder colonial español, que lo llevaría incluso al exilio, y algún resentimiento debía albergar; por ello tendría que ejercer su influencia a través de las tertulias y en la correspondencia que sostuvo con numerosos escritores.

Sobre todo, implantaría sutilmente su gusto literario personal como estética colectiva de lectores y autores, influyó como una especie de mecenas en la obra de escritores y poetas, de la talla de José María Heredia y José Jacinto Milanés y apoyó numerosas iniciativas en el ámbito creativo y cultural; aunque impuso asimismo sus propios sesgos en la percepción del arte y por ello su influencia no siempre fue absolutamente benéfica.

Su trascendencia para la literatura cubana no radica en su obra propiamente literaria, la cual de por sí es insoslayable en la historia del pensamiento y la expresión lingüística nacional; sino en el cuerpo de sus textos críticos, los cuales contienen sin dudas valoraciones muy acertadas sobre autores, obras y movimientos literarios – amén de algunos juicios un tanto erráticos en cuanto a la cotidianidad como tema del arte y algunos pespuntes coloquiales que se entreveían ya en nuestra lírica- y fundamentalmente en su papel de impulsor de la cultura y las letras de su tiempo.