2.3.4 La prosa narrativa de Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814 – 1873), principales textos

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Si bien la Avellaneda alcanzó superiores cúspides a través de la poesía que de la narrativa, su obra en prosa no es para nada desdeñable, pues en las novelas y narraciones más breve volcó con menos ataduras su verdadero temperamento. Parafraseando a Walt Withman, puede afirmarse que quien toca estos textos toca a una mujer, una que fue excepcional para su tiempo, con un talento que trabajosamente pudo moldear para satisfacer convenciones sociales a las cuales para nada se avenía.

Una de las matrices fundamentales en su obra en precisamente la situación de la mujer, que padeció muy en carne propia y por ello denunció con verdadero dolor, llegando incluso a establecer un paralelismo entre la situación femenina y la del esclavo, sin emancipación posible en el caso de la mujer. Su innata rebeldía le llevó a extender un tanto los marcos de lo posible para una fémina; pero imposible borrar de un plumazo costumbres y conductas inveteradas. En este sentido, ser mujer y de talento en aquella época, significaba perder la venda y que se cerraran automáticamente las puertas de cualquier remedo de felicidad.

Su vocación romántica no rebasaba sin embargo cierta elegancia neoclásica que evadía los extremos afectivos, pero ello no le impidió el ímpetu; en este sentido su escritura es siempre un precario equilibrio –aunque logrado- entre impulsos auténticos y exigencias morales de la sociedad, entre la plasmación realista de su cotidianidad y la tendencia a la idealización romántica, que ejerció más allá de la literatura, sobre todo en su amor por Ignacio de Cepeda, de este estado de tensión brota la ilación de sus historias.
Uno de los textos más importantes de la literatura de tema femenino es sin dudas “Dos mujeres” (1843) donde ella va trazando con ágiles pinceladas la situación de la mujer en la sociedad decimonónica, y lo que representaba el matrimonio y la absurdidad de su carácter sempiterno, con lo que arremete contra las normas morales más caras de su tiempo.

Publicó otros títulos como “Espatolino” (1844), basado en la historia real de un bandido, aunque el texto tiene sus ribetes románticos, no apunta hacia la salvación del héroe sino hacia la justicia social, y aprovecha para desmitificar figuras históricas como Napoleón Bonaparte.

En 1846 apareció publicada “Guatimazón o el último emperador de México” en el que se basó en un amplio cúmulo de documentos históricos para narrar la conquista de México, calificada incluso como la mejor novela histórica escrita en España bajo la égida romántica. Establece un paralelo protagónico entre Hernán Cortés y Guatimazón, pero este último es quien se lleva realmente las palmas del heroísmo, la obra trasluce un objetivo de reivindicación de lo americano.

En otro apartado se citó a la novela “Sab” abocada al tópico de la esclavitud, todas estas piezas conforman un estilo narrativo muy peculiar de la Avellaneda, donde está siempre latente la rebeldía contra una moral que adolecía de grandes contradicciones y disparidades, entre ellas los altos raseros que se le aplicaban a la conducta de la mujer. No obstante, se ve conminada a encausar sus opiniones y explosiones sentimentales en el marco de determinadas convenciones sociales.