2.3.6.2 La narrativa de Pedro José Morillas (1803 – 1881), autor de “El Ranchador”

547 0
2.3.6.2

“Subí, al fin, penosamente sobre aquellos vericuetos, y divisé desde su altura que en lo honde de una cañada dos perros despedazaban con sus agudos colmillos a un negro herido que no podía huir ni defenderse, y que tres más de estos desgraciados yacían exánimes y tendidos en su todavía caliente sangre. El herido así que me vio, imploró mi protección; pero los perros no me obedecían ni dejaban acercar. Sentí no tener a mano las pistolas: corro a buscarlas; mi caballo se había soltado, andaba pastando por el valle, y pierdo largo tiempo en cogerlo. Torno, echando el alma, a socorrer la víctima, pero ni oía ya sus ayes ni el ladrar de los perros… Todo yacía en pavoroso silencio… Llego otra vez a la cima: el pálido crepúsculo de la tarde, oscurecido más con las sombras del bosque y las montañas, figuraba una tenebrosa noche en el fondo de la cañada, donde sin duda, ningún objeto pudiera percibir si la roja llama de una hoguera no me revelara que esta se alimentaba con los cadáveres de cuatro negros y algunos palos y hojas secas que en parte cubrían sus desgarrados miembros. El viento traía hacia mí el humo, el olor y el chirrido de la carne humana que devoraba el fuego, y me estremecí de horror… Volví la espalda indignado a tan espantosa escena, y sumergido en meditaciones tristísimas, como el aspecto de aquellas asperezas a la entrada de la noche, me retiré lentamente maldiciendo en silencio el odioso destino de mi patria”

El párrafo citado da término al texto de “El Ranchador”, obra escrita a finales de la década de 1830 pero que no aparece publicada hasta 1856. Su título alude al “oficio” –ejercido por propia iniciativa, ante peticiones de particulares o cobrando un sueldo del gobierno- de perseguir a los cimarrones -es decir, esclavos que huían de los ingenios y poblados para internarse en los montes y tratar de sobrevivir en la libertad de los palenques – y cazarlos con la ayuda de perros, incluso si no podían capturarlos vivos tenían licencia para asesinarlos.

Los ranchadores en su mayor parte eran campesinos, en este caso se trataba de un hombre cuya familia había perecido por la truculencia de un grupo de cimarrones que asaltaron e incendiaron su casa; y se entrega a una venganza sempiterna que multiplicaba la violencia de la cual habían sido objeto su esposa e hijos. El texto al parecer constituye una “ficcionalización” de la historia de un tal Francisco Estévez, quien se dedicaba a la cacería humana en los parajes de Vueltabajo –inspirador a su vez de otro texto muy afín de Cirilo Villaverde- que dictó sus memorias a una de sus hijas.

El texto se inicia desde la corriente romántica pero ante la crudeza de los hechos toma de repente un cauce más realista, en este sentido se ha señalado que es el primer relato que aborda lo que sería en Cuba una narrativa de la violencia. La visión crítica del autor no arremete directamente contra el ranchador ni tampoco contra los cimarrones –dos caras de la misma moneda sucia de la esclavitud- sino contra la institución esclavista y en un sentido más amplio el efecto de “caos” que instauraban los hombres con sus acciones en el reino creado por dios

Sobre esta línea, el exergo empleado por el autor resulta revelador: “Cuando se infringen las leyes escritas por la mano Divina en el libro de la naturaleza, se destruye la armonía del bien, y no se recogen otros frutos que las maldiciones del Cielo”

Esta pieza constituye realmente uno de los primeros exponentes de la narrativa pura en la Isla, más allá de describir, comentar, valorar o criticar el fenómeno de la esclavitud, todas estas funciones están implícitas en la narración, de modo que el autor no tiene más que transcribir los hechos y ellos hablan y denuncian por sí mismos. Se puede incluso establecer un interesante paralelo con lo que se demanda de la cinematografía, ya en un plano visual que pudiera ser reconstruido desde el texto de El Ranchador, aunque las descripciones aparezcan siempre subordinadas a elementos narrativos.

Este texto rompe con las idealizaciones de la época para mostrar el cariz más cruento de la esclavitud en Cuba, por lo cual puede considerarse que es uno de los que con más justicia merece el calificativo de “abolicionista” pues esta era la única alternativa para volver al orden que la esclavitud había quebrantado –se reproduce aquí un motivo del clasicismo griego- siguiendo el mismo razonamiento, quedaban muchos otros “desórdenes” implantados por el hombre – como el colonialismo y el capitalismo – que abolir.