2.3 Albores y desarrollo de la narrativa en Cuba entre 1790 y 1868

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La narrativa en Cuba no despunta sino a partir de 1820, aunque al principio aparece entremezclada con artículos de costumbre, textos descriptivos, crónicas de sucesos y otras formas de la prosa, incluso meras traducciones que los autores presentan como propias, no por intención de plagio pues incluso el género todavía no era reconocido socialmente en Cuba y debía ganar en categoría estética, más bien por afán divulgativo.

Sin pretender ofrecer una cronología exhaustiva sino más bien una panorámica del cultivo y el caldo del género, deben mencionarse los intentos de Ignacio Valdés Machuca, con “El mosquito”, de 1820, y los textos de Domingo del Monte “Noche de luna en la Alameda de Paula” y “Noche de Retreta” publicados en diarios de la época en 1823. Asimismo, José María Heredia escribe una serie de narraciones entre 1830 y 1832. En 1836, Antonio Bachiller y Morales publica algunos textos: “La separación”, “Matilde”, “Los bandidos en la isla de Cuba”, que tienen el mérito de incorporar como tópico del género elementos de la naturaleza y sociedad cubana.

Puede citarse un grupo de autores que si bien no tuvieron especial mérito literario, si contribuyeron a crear el basamento sobre el cual se erigirían otros: Eligio del Puente, Federico de Montalvo, José Zacarías González del Valle, Gaspar Betancourt Cisneros (1803 – 1866), con el seudónimo de el lugareño, este último sobresalió un tanto por ahondar en esencias sociales, más allá de pintoresquismos locales, aunque sus piezas son engarzadas dentro de la tipología de artículos de costumbres.

José Antonio Echevarría, Ramón de la Palma y Cirilo Villaverde, logran una expresión más acabada en el género durante los primeros años. Prolifera también en esta etapa una narrativa de tema esclavo que se ha dado en llamar “abolicionista” aunque no siempre apunte explícitamente hacia este fin, destacan la novela “Sab”, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, y “El Ranchador”, de Pedro José Morillas.

Antonio Franchi Alfaro, a quien se atribuye “El Foro de la Habana y sus misterios”, de 1846, Avelino de Orihuela, Manuel Costales y Govantes, Esteban Pichardo, José Ramón Betancourt y otros, escriben ya próximo o a comienzos de la segunda mitad de siglo, una narrativa que trata de deslindarse de otros géneros y asumir asimismo la cubanidad desde una concepción más social, al exponer y enfrentar los males que corroían el país.

Aunque la mayor parte de las piezas y autores citados tiene más valor para la historia de la literatura por ser fermento de una tradición narrativa que por sus hallazgos de fondo o expresión; es significativo ver sobre el tapete de la época las interrelaciones e interinfluencias recíprocas entre muchos autores -ejercidas en las tertulias, mediante correspondencia o a través de la mano correctora de Domingo del Monte y otros con ínfulas críticas no siempre avaladas- que influyeron en definitiva en la configuración del género, con un rostro progresivamente nacional, y en el surgimiento de voces de más relieve, capaces de llevar lo cubano al caudal universal.