2.5 El despuntar de la crítica literaria (1790 – 1844)

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Aunque existían atisbos de crítica literaria en la etapa anterior a 1820, no es hasta el lapso que se extiende desde esta fecha hasta 1844 aproximadamente, cuando arraiga el cultivo de la crítica, es cierto que ello se hacía muchas veces a partir de comentarios literarios más bien someros, insertos en publicaciones de temas culturales u otras que tenían secciones dedicadas a la literatura, el intercambio epistolar entre figuras que eran a todas luces más creadores que críticos, en todos estos espacios predominaba la intuición por sobre el dominio de elementos técnicos.

En cuanto a géneros, la crítica de poesía estuvo generalmente bastante rezagada con respecto a la calidad de las creaciones insulares, primó en ella la visión dogmática y el neoclasicismo como única posibilidad artística, situación que padecieron Heredia y otros románticos como José Jacinto Milanés, en torno a los cuales se desataron las más duras polémicas.

La crítica narrativa tuvo la ventaja de asistir prácticamente a la gestación del género e influir con sus postulados, en sentido general más acertados, en el propio proceso creativo, lo que ocurre por ejemplo con Ramón de Palma, quien además de crear sus propias piezas narrativas, se dedicó al análisis de las primeras narraciones de Cirilo Villaverde.

Por su parte, Buenaventura Pascual Ferrer había iniciado una línea hipercrítica, a la vez que sin verdadera consistencia en cuanto a presupuestos, cuyos ataques se dirigían incluso contra la propia personalidad de los autores. Este estilo crítico carecía de mínima concepción sistémica y de validez para acceder a la sustancia de las obras que fungieron como blancos, se ha dicho incluso que más que una actitud literaria denotaba una posición política hispanófila.

En realidad, el centro de la urdimbre de textos próximos a la crítica en el período, ya sea “oficiales” en tanto vertían sus criterios a la luz pública de la prensa, como en el intercambio privado de correspondencia, era la personalidad de Domingo del Monte. “La figura que domina la crítica literaria de la etapa, y no precisamente solo con su obra escrita, es Domingo del Monte, culto, hábil, ecléctico (…) con textos suyos, o ajenos que estimuló e influyó, y hasta incluso a través de opiniones privadas, muchas de las cuales detectamos en su epistolario, manejó los hilos básicos del desarrollo de la crítica literaria del momento.”

Surgirían en la etapa algunos textos de enfoque más teórico que crítico, los cuales coadyuvarían a conformar un corpus cognoscitivo sobre la literatura como campo de juicios de valor. En 1832 Heredia publica en México “Ensayo sobre la novela”, y también aparece en Cuba un artículo de Domingo del Monte, titulado “Novela histórica”, en donde reseña tres narraciones de esta índole. Antonio Bachiller y Morales, y José Jacinto Milanés, desde sus respectivos ámbitos, realizaron también algunas contribuciones, ambos supieron aquilatar tempranamente la renovación asociada al romanticismo.

La crítica fue terreno de las más acerbas polémicas, las cuales sobrepasaban los lindes de lo propiamente literario para explorar el terreno de los conflictos ideológicos, tan difíciles de expresar directamente dada la férrea censura colonial. Más allá de juicios erráticos e inexactitudes, ella iría ocupando un puesto relevante como asistente de la propia creación literaria, mediadora eficaz entre el autor y el polo del gran público.