3.2.3.1 El periodismo y la oratoria que ejerciera Esteban Borrero (1849 – 1906)

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3.2.3.1

La personalidad literaria de Esteban Borrero se desbordó en diversos campos creativos, entre los cuales el periodismo ocupó un lugar importante; aunque de modo intermitente pues según la opinión de Julián del Casal, le costaba acostumbrarse a los preceptos que por lo general regían en los consejos editoriales, sobre todo por su pensamiento marcadamente individual, que no siempre encajaba con las concepciones al uso en las materias que trataba.

Los temas sobre las cuales escribió fueron disímiles, se interesó lógicamente por la medicina y por todo lo referente a la educación, tanto en cuanto a teorías pedagógicas como a la necesidad de fomentar la enseñanza pública. En sus aulas admitía siempre niños negros, tanto en Cuba como cuando fungió de profesor de la escuela del Club San Carlos, durante su etapa de emigrado en Cayo Hueso, Estados Unidos, lo cual es una muestra de sus concepciones avanzadas en materia social, en lo político sería también radicalmente independentista.

Se interesó asimismo por los estudios culturales y literarios, no solo en cuanto a tópicos y escritores cubanos sino también del torrente de la literatura universal, en esta línea se inscriben la serie de textos bajo el título de “Alrededor del Quijote”, que publicaría en 1905.

Su oratoria, aunque no fue de naturaleza política, según testimonios de los que lo escucharon poseía el don cautivante de una absoluta autenticidad, que hubiera surtido gran efecto vertida como labor proselitista hacia la causa; pero nunca fue su naturaleza tratar de ganar adeptos y sus alocuciones tuvieron siempre un tono de disertación ajeno al propósito de convencer a las masas, quizás por ello lo conseguiría sin proponérselo.

Su estilo oratorio le acarrearía la admiración de muchos escritores e intelectuales, Julián del Casal llegó a afirmar: “De todos los conversantes a quienes he oído hablar, en los días de mi vida, este es el que me ha asombrado más. Oyéndolo la primera vez, creí encontrarme en presencia de Barbey d’ Aurevilly o de Villiers de L’Isle-Adam. Así me imaginé que debían haber hablado estos genios. Las palabras, al salir de los labios de Borrero, imitan las ondas de un torrente. Unas veces son serenas, azules, luminosas, reflejando el estado de su cerebro, donde las ideas, como estrellas, se complacen en alumbrar. Pero al instante el viento sopla, el cielo se ennegrece y las ondas del torrente comienzan a hervir. Entonces saltan, espumantes y obscuras, por encima de la ribera, arrasando las plantas, destruyendo los diques y desarraigando los árboles, hasta que el arcoiris aparece en el espacio y lo hace retroceder desde el punto más lejano que se podía concebir y adonde había llegado en su curso raudo, sonoro y devastador.”

Por su parte, Manuel de la Cruz, en su estudio publicado en 1892, “Cromitos cubanos”, llegó a afirmar: “Tiene el estilo oratorio abundante, lleno de majestad y pompa, que está en la índole de nuestra sonora e hidalga habla, armonizando la sobriedad de una inteligencia habituada a las disciplinas de las ciencias de observación, con las galas, arabescos y penachos de una fantasía próvida, discreta, que es siempre auxiliar oportuno y exquisito, nunca intruso relamido, desgreñado y agua-fiestas”.

La oratoria y la labor periodística de Esteban Borrero se complementaron adecuadamente en cuanto al abordaje de las materias por las que se interesó, sobre todo en cuanto a pedagogía, tema en el que quizás puso un desacostumbrado énfasis pues lo consideraba medular para el desarrollo del país. Textos suyos fueron publicados en “El Colibrí”- fundado por él mismo- “El Oriente”, “El Triunfo”, “Revista Cubana”, “El Fígaro”, “La Habana Elegante” y “Revista de Cuba” entre otras de naturaleza científica, especialmente asociadas a su profesión de galeno.

No se debe concluir este acápite sin citar la opinión de su entrañable amigo Enrique José Varona, cuyo contenido es perfectamente extensible al ámbito de la escritura prosística y poética de Borrero: “era necesario haber vivido en su trato, haber logrado oír aquella palabra caldeada por el más profundo sentimiento, para tener alguna idea de cómo puede bullir en la palabra y brillar en los ojos el alma humana”