3.3.1 Principales figuras de la oratoria política entre 1868 y 1878

214 0
3.3.1

La efectividad de la oratoria política se define por su poder de convocatoria, y este a su vez está determinado en parte por la riqueza estética del mensaje y su capacidad de anclar en las conciencias, la vía del arte apela a la sugestión más que al pensamiento racional, aunque sin descuidar el hilo argumental. Muchos oradores cubanos legaron piezas discursivas memorables desde el punto de vista literario –amén de las que se perdieron o nunca llegaron a los archivos- y que lograron despertar el ímpetu de todo un pueblo.

En este sentido, entre los oradores más importantes de la manigua (generalmente los principales próceres) –tomando en cuenta solo los textos y no la gestualidad y modulación vocal ni ningún otro elemento extraliterario, importante sin dudas para un estudio que trascienda estos marcos- estuvo sin dudas el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes (1819 – 1874), quien supo adecuarse a distintos auditorios: entre conspiradores, al darle la libertad a sus esclavos, ante la Cámara de Representantes y al frente de sus tropas.

Antes de iniciarse la contienda, el 3 de agosto de 1868, en la Junta de San Miguel de Pompa, expresó con una imagen vigorosa la necesidad de acometer cuanto antes la lucha: “Señores: la hora es solemne y decisiva. El poder de España está caduco y carcomido; si aún nos parece fuerte y grande, es porque hace tres siglos que lo contemplamos de rodillas: ¡Levantémonos!.”

Ignacio Agramonte (1841 – 1873) también tuvo grandes dotes de orador, puestas al servicio de su idea de radicalizar la Revolución sin claudicaciones. El idependentismo tenía en su pensamiento un claro perfil romántico. Ya que se menciona esta figura, no puede dejar de hacerse alusión a su epistolario dedicado a su esposa Amalia Simone, en la que despliega el lirismo que no tendría del todo cabida en sus discursos políticos.

Por su parte, Antonio Zambrana (1846 – 1922), constituyó una figura reconocida en materia de oratoria, llamado incluso el tribuno del 68; pero la visión actual dista un tanto de aquella primera imagen, le cabe sin embargo el mérito de haber redactado, junto con Ignacio Agramonte, la Carta Magna de la República, de cierto interés también para la literatura. Sus textos están repoblados de recursos efectistas y un acentuado lirismo que en ocasiones encubre una posición ideológica no tan firme, como lo demostraría su posterior militancia en el partido autonomista.

Rafael Morales y González (1845 – 1872) al parecer fue también un acertado orador, según el recuento de quienes tuvieron la oportunidad de escucharlo. Había alcanzado el título de Bachiller en Derecho Civil y Canónico en 1868 y participaba en las tertulias del Liceo de la Habana. Se incorporó a las tropas mambisas, llegando a ser miembro de la Asamblea de Representantes y autor de varios proyectos de leyes. Utilizaba el nombre de guerra de Moralitos y por sus dotes oratorias se le conoció también como “Pico de oro”.

Además de estas figuras descollantes, la oratoria era ejercida a veces por jefes militares sin toda la instrucción académica y cultural, pero que con el ejemplo y la convicción independentista lograban transmitir el entusiasmo revolucionario y alcanzar los propósitos políticos trazados.