3.3.2 El desarrollo de la oratoria política entre 1878 y 1898

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El desarrollo de la oratoria política tuvo otros matices y características en el período posterior al Pacto del Zanjón, ello porque cesó un tanto la propaganda netamente independentista y tomó su lugar la pugna partidista entre el naciente partido liberal, que adoptaría después el nombre de liberal – autonomista, y el partido Unión Constitucional, conformado por integristas de origen español, que se oponían a las reformas enarboladas por el partido liberal autonomista.

Muchos de los miembros que ejercían la prédica proselitista en el partido liberal autonomista eran abogados de profesión. Aunque existieron matices individuales en las alocuciones, les era común el empleo de recursos efectistas, más o menos evidentes, así como el didactismo y el propósito de persuadir a las masas. Su posición ideológica, aunque endeble, le permitía asumir una actitud conciliatoria y ganar adeptos en una población diezmada desde el punto de vista ideológico por el fracaso de la Guerra.

En las propias filas del partido liberal autonomista estaba presente –patente o latente- la propia corriente de ideas independentistas dentro de la cual se había interpretado el Zanjón como un mero escollo y no un obstáculo insalvable. Dentro del país había que lidiar con la palabra tanto contra el colonialismo como contra cierta tendencia retrógrada de los sectores económicos dominantes que temían a una nueva devastación del país. En la emigración, en torno a Nueva York y Cayo Hueso, continuó la propaganda independentista, valga citar las flamígeras voces de Fernando Figueredo y Gonzalo de Quesada.

Muchos espacios de expresión separatista en la emigración continuaron abiertos, como el Instituto Patriótico y Docente San Carlos, sito en 516, Duval Street, Key West, Estados Unidos, donde también se le hacía llegar a las masas cierta cultura literaria. En 1880 Calixto García visitó Cayo Hueso, junto al músico italiano y luego combatiente en los campos de Cuba, Natalio Argenta, quien recitó unos versos anticolonialistas poco conocidos y que demuestran las resonancias en la literatura foránea que ya había tenido la gesta independentista de Yara:

“De la espada al golpe rudo,
Nuestro pueblo despertó;
A las armas, oh cubanos,
que es la patria quien llamó.

Al combate, compañeros,
Muera en Cuba el rey Borbón,
Suene el bronce y los aceros
¡Viva la Revolución!”

En Cuba renacieron las tertulias literarias y las sociedades de recreo e instrucción, estas últimas más abiertas a las capas populares que no tendrían acceso a las élites literarias. Casi todo el arte oratorio del período estuvo abocado a un fin político y aún estándolo existieron notables aciertos estéticos en este tipo de prédica. Entre los oradores más notables sobresalen Enrique Piñeyro, Enrique José Varona, Manuel Sanguily y sobre todo José Martí.

Al estallar la gesta de 1895, la oratoria política se tornó nuevamente clarín de guerra y fue ejercida por los más preclaros jefes militares, entre ellos Máximo Gómez pronunció emotivas arengas, como la fechada el 30 de noviembre de 1895, antes de emprender la invasión a Occidente:

“Soldados: La guerra empieza ahora. La guerra dura y despiadada. Los pusilánimes tendrán que renunciar a ella: solo los fuertes y los intrépidos podrán soportarla. En estas filas que veo tan nutridas, la muerte abrirá grandes claros (…) El triunfo sólo podrá obtenerse con el derramamiento de mucha sangre. ¡Soldados! no os espante la destrucción del país; no os espante la muerte en el campo de batalla (…) Los manes de tantas víctimas inmoladas por la tiranía os exhortan a que luchéis con decisión y vigor (…) ¡Soldados! llegaremos hasta los últimos confines de Occidente; hasta donde haya tierra española. ¡Allí se dará el Ayacucho cubano!”