3.3.3 La oratoria política de Enrique Piñeyro (1839 – 1911)

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Enrique Piñeyro, además de desempeñarse con bastante objetividad en la crítica literaria, se dedicó al discurso político, más desde el plano de la disertación que de la arenga, ello fundamentalmente en su etapa de emigrado, que comenzó en 1869 en la ciudad de Nueva York. Más que discursos, sus alocuciones constituían conferencias que a la vez que instruir a la comunidad emigrada, insuflaban un aliento patriótico que se plasmaba en la recaudación de fondos.

Los textos suyos que se conservan, denotan una sencillez elocutiva que elude los retoricismos del romanticismo y otras escuelas literarias, generalmente se deben a ocasiones conmemorativas de las fechas del 10 de octubre y 27 de noviembre, alzamiento independentista de Yara en 1868 y fusilamiento de los estudiantes de medicina en 1871, respectivamente.

En el Club Cubano de Nueva York, pronunció sendas conferencias, en las que abordó de modo encomiástico las figuras históricas de Simón Bolívar y José de San Martín, con ciertas pinceladas impresionistas y economía de recursos retóricos, aunque con riqueza terminológica, logró transmitir la esencia de ambas personalidades, que tanto simbolizaban para la independencia latinoamericana y para la propia perspectiva de la libertad de Cuba.

Sin embargo, el fin tanto de Bolívar como de San Martín, en el olvido rayano en la traición, así como las pasiones humanas que lastraron los ideales de la independencia latinoamericana, son puestas por Piñeyro en un plano importante del discurso, lo cual podría constituir un elemento más bien disuasorio para acometer una nueva contienda, ello entronca asimismo con sus postulados, comunes a un sector importante de la burguesía.

Manuel de la Cruz relataba: “Guando Piñeyro se posesiona de la tribuna, es la estatua de la perfección oral que se mueve como un actor y que habla con todos los recursos del canto humano. Su estilo cobra una nueva vida, se viste con todas las notas que puede combinar la voz del hombre; el ritmo de sus ideas, al ser modulado por su garganta, convierte cada párrafo en una sinfonía de pensamientos. Es una estatua que petrifica a sus oyentes haciendo de ellas las estatuas del pasmo de la emoción; una estatua que puebla el aire, como si fuese un espejo que reflejase una galería estatuaria, de perfiles admirablemente delineados y de visiones plásticas de estados sociales. Es un mágico prodigioso que con el gesto y la palabra hace tangibles los cuadros que se dibujan y coloran en su cerebro: ya es el enérgico perfil del gran bardo florentino, que traza en el vacío con un ademán, que se ve como el perfil que se traza con el fósforo en la pared de un cuarto obscuro; ya es el cuadro de una época, las repúblicas italianas de la Edad Media, los girondinos entonando La Marsellesa en torno de la guillotina, que se ven de un golpe de vista como el cuadro de un espejismo que, con la rapidez de un relámpago, cristalizase en el éter en marmóreo bajo relieve. Piñeyro es el único que en Cuba posee el secreto de estas maravillas estéticas.”

Este vívido retrato de la oratoria de Piñeyro muestra que el autor no fue un orador político en todo el sentido de la palabra, pues aunque temas políticos e históricos fueron objeto de sus disertaciones, en el trasfondo no estuvo tan claramente la intención de persuadir de la necesidad de la lucha y sí la de ilustrar la historia y la realidad nacional, con un cuidadoso cincelado estético.