3.5.4 Fernando Figueredo Socarrás (1846 – 1929), su labor testimonial, periodística e histórica

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Fernando Figueredo, natural del heroico poblado de Bayamo, estudió Ingeniería en los Estados Unidos, allí se adhirió a las actividades conspirativas del Club Revolucionario Cubano y regresó a Cuba tras desatarse la guerra en 1868, en la cual peleó valerosamente y por sus méritos militares llegó a ocupar el cargo de jefe del Estado Mayor y a entablar contacto con las principales figuras de esta etapa, como Carlos Manuel de Céspedes, Antonio Maceo y Máximo Gómez.

A su pluma se debe “La Revolución de Yara”, en la que recoge lo acaecido mientras estuvo peleando a la manigua, es decir, desde al alfa hasta el omega, de principio a fin de la contienda separatista, llegando incluso a expresar en Baragua su disensión ante el Pacto del Zanjón.

El texto constituye una compilación de conferencias ofrecidas por el luchador en el exilio entre 1882 y 1885, por lo que tiene las marcas indelebles de la oralidad. Con mesura y sin parcialidad, señala los errores de la gesta que había concluido y apunta hacia el porvenir.

Fernando Figueredo desplegó una intensa campaña propagandística a favor del empeño bélico, que tendía un puente entre la pasada gesta y el porvenir que ya se avizoraba, y continuaría después de instaurada la República, esta tuvo espacio en diferentes medios, tales como: Revista de Cayo Hueso, Patria, La discusión, Pro Patria, Cuba y América, Ideas e ideales, Universal, Heraldo de Cuba y Vida nueva, entre otros.

No solo legó un testimonio insoslayable sobre las vicisitudes de la manigua, sino que los folletos y textos periodísticos que concibió datan asimismo del entusiasmo de la emigración y su apoyo incondicional a la causa, que incluía muchas veces la voluntad de sumarse físicamente a esta. Sus textos relatan fundamentalmente las actividades patrióticas que tenían lugar en el Cayo, a veces en los locales de San Carlos, como la muy emotiva primera visita de José Martí al Peñón:

“La colonia entera, impulsada por el amor que el Apóstol le inspiraba, arrebatada en alas del más puro patriotismo, llena de entusiasmo, invadió los amplios muelles, y con banderas y estandartes, que significaban las patrióticas agrupaciones en que estaba dividida aquella agrupación; con músicas y alborozos y gritos y lágrimas y satisfacción indecible, recibió al Maestro, al Fundador, que venía, como Jesús a su pueblo, para traerle la buena nueva, para gozar con él y con él pensar y hablar de la Patria. El pueblo lo arrebató; el entusiasmo era indescriptible. Carrozas vistosamente adornadas formaban la procesión que, al compás del himno de Bayamo, y en medio del incesante palmoteo y atronadores hurras, recorriendo a Dúval, llegó, por fin, á San Carlos, donde ya no fue posible continuar. Una barrera infranqueable de cubanos, señoras y caballeros, adultos y niños, que lo vitoreaban, que lo aclamaban y lo aplaudían, le cerraba el paso; y en frente de aquella manifestación sublime, de pie sobre su coche, con su frente descubierta, con su mirada fija en el cielo y en su pueblo que lo adoraba, como clavado en una roca en medio de arrebatado mar, que unas veces bullía tormentoso y otras mugía dulcemente á sus pies, hizo latir los corazones de aquella multitud, hizo derramar lágrimas de alborozo, y estalló la apasionada turba a impulsos del más ardiente y delirante patriotismo”

A partir de 1902, ocupó diversos cargos públicos y fue consecuente con su posición política en la etapa decimonónica y la esencia del legado martiano que llegó a percibir muy de cerca. En este sentido se destacó como estudioso de su obra y de la emigración revolucionaria cubana, no siempre bien ponderada. Llegaría a ser presidente de la Academia de Historia de Cuba.