3.8.4 La poesía y el epistolario amoroso de Juana Borrero (1878 – 1896)

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3.1.8.4

De acuerdo con Angel Augier “En la historia de Cuba existe un paréntesis de asombrosa intensidad: ese espacio de tiempo que se extiende entre el Zanjón y Baire, entre el desconsuelo de una derrota y la esperanza de una victoria; en ese período de aparente paz, pero de guerra sorda y silenciosa –y con el que muchos identifican el actual momento cubano-, transcurrió exactamente la vida de Juana.”

A pesar de haber muerto antes de cumplir los 20 años y no haber llegado lamentablemente a tensar hasta su extremo expresivo su instrumento poético, no por ello deben desdeñarse sus aciertos y sobre todo la gran dosis de autenticidad que alientan las páginas de la poetisa. Angel Augier la califica como “adolescente atormentada”, sin dejar de reconocer que la adolescencia es de por sí una etapa convulsa, pero los motivos que atormentaron a la autora tuvieron ciertamente mayor hondura de lo usual en esta etapa.

Aunque también sus fibras recogieron los ecos patrióticos del ímpetu de lucha contra el colonialismo que ora se revelaba, ora se contenía en un difícil esfuerzo de sujeción o a veces postergación para una época en que toda la colectividad vibrara a un mismo acorde de guerra; Juana estuvo sobre todo impelida por su necesidad de creación, una vocación ineludible que tenía en ella hondas raíces familiares, tanto por la rama de su padre como de su madre, escogiendo por ello un alto destino, un fin al cual lo antepondría todo y más, si hubiese tenido tiempo.

La mayor parte de su niñez transcurre en una casa solariega de Puentes Grandes, donde tiene alternativamente, hasta fundirlos en un todo poético, contactos con la naturaleza y el arte, todo ello a partir de la vocación educativa del padre, Esteban Borrero, quien se ocupa de enseñarle los clásicos y en sentido general construir un ambiente propicio a la creatividad, la cual desbordaría no solo en las letras sino que desde edad temprana se acostumbró a plasmar pictóricamente todo aquello que impactaba sus sensaciones, llegó a estudiar en la Academia de San Alejandro y a recibir clases del pintor Menocal.

A los 12 años de edad conoce a Julián del Casal, y a los 13 escribe ya estos versos:

“¿Por qué tan pronto ¡oh mundo! Me brindaste
tu veneno amarguísimo y letal…?
¿Por qué de mi niñez el lirio abierto
te gozas en tronchar?
¿Por qué cuando tus galas admiraba,
mi espíritu infantil vino a rozar
del pálido fantasma del hastío
el hálito glacial?
Los pétalos de seda de las flores
déjame ver y alborozada amar,
ocúltame la espina que punzante
junto al cáliz está.”

Conoció a Casal cuando este tenía la edad de 26 años, quien asistió y honró con su presencia la tertulia literaria de Esteban Borrero. Juana tenía referencias del poeta y había palpitado con los versos casalianos, con una empatía que no opacaba la gran admiración que sentía por este, en ese entonces estrella descollante y paradójicamente más amante de la oscuridad final que de las rutilancias.

Julián del Casal también se impresionó con la adolescente: “!Doce años! Mas sus facciones/ veló ya de honda amargura/ la tristeza prematura/ de los grandes corazones” y al parecer llegó a sentir algo de entusiasmo, sentimiento que en general le estuvo vedado al autor de “Nieve”. Ella viaja a Estados Unidos a recibir lecciones de pintura y algo sucede que los distancia y por lo que ella recibe duras reconvenciones. El muere en 1893, antes de que Juana regresara a Cuba, lo cual ensombreció por mucho tiempo su poética.

Inició después un idilio amoroso, emergido de la profunda tristeza de ambos, con el poeta Carlos Pío; pero ello sucedió de un modo lento, a partir de una evocación de la poetisa que este hiciera en un poemario dedicado a Casal, Juana padeció profundos conflictos de conciencia romántica, al sentir otra vez las pulsiones de la vida y “traicionar” de acuerdo a sus cánones, la memoria del melancólico Casal. A continuación la última carta que le escribe a Carlos Pío, antes de morir el 9 de marzo de 1896.

“!No tengo más que un ideal: morir! ¡Y es tan fácil…! La esperanza de verte otra vez me encadena a la vida. ¡Tu Juana se va…! Espero que estés aquí dentro de catorce días a lo sumo. Yo no puedo más… No vayas a creer que mi partida será voluntaria. No, tú sabes que mi vida es sagrada porque es tuya, y si hasta ahora la he defendido es por tus ruegos (…) Ya mi único anhelo es verte otra vez, y después la muerte definitiva y desoladora… para los otros…Ven, te lo suplico, te lo ruego, te lo grito por última vez… Espero que comprendas la solemnidad angustiosa de esta súplica. Ven, ya no tengo fuerzas para esperar más. Además, estoy mal… muy mal. Nadie lo sabe porque nadie está en mí. La sierpe que llevo oculta en el pecho me muerde… me muerde. Tengo el temor horrible de morir sin verte”