3 El desarrollo de la literatura cubana en la etapa de luchas independentistas, 1868 – 1898

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Al estallar la Guerra de los Diez Años se agudizaron los conflictos políticos que ya se manifestaban en el campo ideológico e incluso literario. Al antagonismo entre independentistas y autonomistas se sumaba la afiliación autonomista, que tendría sus propios espacios de expresión. El independentismo sin embargo dominaba el panorama intelectual, manifiesto sobre todo en la manigua, aunque la intelectualidad de occidente en sentido general simpatizaba con el empeño bélico.

La mayor parte de los artífices del alzamiento del 10 de octubre de 1868 eran hombres que poseían una vasta cultura científica y literaria, como es el caso de Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte y también Antonio Maceo –aspecto de la personalidad del Titán que a veces se desconoce- por solo citar los principales. La poesía y las artes en general gozaban de reconocimiento social; aunque la gran masa esclava, campesina y obrera analfabeta quedaba exenta de disfrutar de los frutos culturales.

El romanticismo llegaría ya a la cúspide de sus posibilidades expresivas en el contexto de Cuba y el modernismo y naturalismo estaban eclosionando, pudiera incluso conjeturarse que a pesar de que el romanticismo había fecundado de utopías el ánimo conspirativo, no era tan compatible con la acción que requería el empeño independentista y cedería paso a las corrientes citadas.

Proliferó una literatura de campaña que incluyó poemas, relatos, textos humorísticos, no siempre de gran vuelo estético pero sí auténticos por dar testimonio de la lucha e incitar a ella a los sectores más tibios, igualmente el periodismo tuvo este matiz.

Desde el propio inicio de la gesta se inició una diáspora migratoria cuyo flujo mayor arribó a los Estados Unidos, manteniendo sin embargo nexos a través de correspondencia con otros sectores de la sociedad, que se había disgregado un tanto en la manigua y el exilio. La Emigración, además de desempeñar un papel activo en la recaudación de fondos y el proselitismo político, tuvo sus propios medios periodísticos y algunos de sus miembros pudieron ejercer con mayor libertad la creación literaria. A partir de 1971, Enrique Piñeyro comenzó a publicar en Nueva York “El mundo nuevo”, después se le uniría Manuel Mestre, esta y otras publicaciones tendrían espacios dedicado a la literatura, sobre todo de impronta nacional.

Las urgencias de la guerra obstaculizaban la socialización de la literatura en el centro y el oriente de la Isla; no obstante en el Occidente sí tenían lugar tertulias y veladas dedicadas a la literatura, como las “Noches literarias” que reanudó Nicolás Azcárate a su retorno a Cuba en 1869, las tertulias y veladas adolecían de cierto elitismo, no así las sociedades de recreo e instrucción, a las que podían acceder escritores y lectores de extracción social más baja. No era inusual que los redactores y redacciones desarrollaran paralelamente o de modo informal espacios similares a las tertulias. En todos estos espacios irrumpía furtivamente el independentismo en las palabras y en la acción, por lo que no siempre escapaban a la censura colonial.