4.1.1.14.11 “La rueda dentada”, texto publicado por Nicolás Guillén en 1969

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El poemario “La rueda dentada”, de Nicolás Guillén, vuelve sobre las raíces históricas de la esclavitud pero también posee algunos matices críticos con respecto a su realidad inmediata, a la cual se encarga de despojar de toda especie de estereotipos y presentar tal cual desde una fina ironía.

Forma parte del texto la excelente pieza “Digo que yo no soy un hombre puro”, en el que reivindica la autenticidad del ser también en un sentido individual, por encima de credos políticos y arremete contra lo “puro”, pudiera leerse en el sentido de “lo absoluto”, que podía establecer absurdas dicotomías en el medio social o imponer modelos inalcanzables.

Este texto habla ya desde un plano social superior, en el cual están resueltas las cuestiones básicas que motivaron su poética anterior y el dilema es ahora de naturaleza moral, ya el ser puede “ser”, desde el punto de vista de las condiciones materiales de existencia y pasa a preguntarse como ser, como afirmarse en un contexto en el que, sin negar sus aportes a la dignidad del hombre, el condicionamiento colectivo del comportamiento individual se había vuelto un tanto opresivo.

El texto es considerado por N. Quintana una “verdadera proclama a favor de la plenitud vital frente a las convenciones y dogmas morales”.

El libro está integrado por varias secciones, de gran versatilidad en cuanto a temáticas pero sin abandonar la ilación desde el pasado histórico hasta el presente que le era más inmediato, con una proyección siempre humanista, con dejos de ironía pero apostando por un porvenir luminoso, desde el profundo conocimiento de la vida en la tierra, como aprehensión lírica, una de las formas de intelección de la realidad.

También se dedica a una esfera tan importante de la cultura cubana como lo es la plástica, con aproximaciones a los rasgos pictóricos y el etos de cuatro figuras cuyas creaciones se habían inscrito en el interminable fluir de lo pictórico nacional, son ellos Calor Enríquez, Víctor Manuel, Eduardo Abela, Amelia Peláez y Fidelio Ponce.

Esta obra constituye en definitiva el testimonio de un nuevo sentir que solo podía tener lugar a partir de la satisfacción de las necesidades espirituales que habían movido su poética anterior, en su caso de un cauce de comprometimiento social nunca abandonado. Su voz poética, de ser escuchada y lo fue en alguna medida, podía contribuir a un cauce revolucionario auténtico, vuelto sobre si mismo en espirales de cambio cada vez que fuera necesario.

En este sentido su canto a la muerte del Che, aunque trasluce una sensibilidad colectiva, contiene además su vital americanismo y una postulación revolucionario afín al “Guerrillero Heroico”:

“No porque hayas caído
tu luz es menos alta.
Un caballo de fuego
sostiene tu escultura guerrillera
entre el viento y las nubes de la Sierra.
No por callado eres silencio.
Y no porque te quemen,
porque te disimulen bajo tierra.
porque te escondan
en cementerios, bosques, páramos,
van a impedir que te encontremos,
Che Comandante,
amigo.
(…)
¡Salud, Guevara!
O mejor todavía desde el hondón americano:
Espéranos. Partiremos contigo. Queremos
morir para vivir como tú has muerto,
para vivir como tú vives,
Che Comandante,
amigo.”