4.1.1.15.2 El poemario “Doble acento”, 1937, de Eugenio Florit (1903 – 1999)

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Doble acento” constituye una de las piezas más importantes de la tradición lírica nacional; fue prologado por Juan Ramón Jiménez, quien expresaría sobre el mismo: “funde dos líneas de la poesía española, la neta y la barroca, con un solo estilo igual o encadenado…” lo cual es ya insinuado a través del título y apunta ciertamente al fluir de dos corrientes que a veces se consideraron contrapuestas.

La corriente pura y la barroca, a pesar de sus diferencias, tienen como sustrato común una concepción del lenguaje poético como objeto en sí mismo; la fusión efectuada por Florit apunta a sonoridades de extrañas resonancias, concomitantes desde el punto de vista conceptual con un intimismo que acrecienta el desasimiento de las circunstancias externas propio del purismo.

Este poemario reivindica los lazos de la creación insular con la poesía española, cuyo hondo manantial había nutrido desde siempre nuestras realizaciones estéticas –con la lógica ruptura que había supuesto las luchas emancipadoras de la centuria decimonónica- todo lo cual es consecuente con la actitud del grupo asociado a la Revista de Avance y ancló como tendencia en las búsquedas renovadoras de la etapa.

Una de las piezas capitales de “Doble acento” y a su vez de las más trascendentes de la lírica nacional, la constituye “Martirio de San Sebastián”, en la que el autor se deja arrastrar hacia cierta fruición por la inminencia de la muerte, un misticismo religioso que impregna algunas piezas de Florit, con cierta herencia de las líneas temáticas religiosas hispanas:

“…Qué poco falta ya, señor, para mirarte.
Y miraré con ojos que vencieron las flechas;
y escucharé tu voz con oídos eternos;
y al olor de tus rosas me estaré como en éxtasis;
y tocaré con manos que nutrieron estas fieras palomas
y gustaré tus mieles con los labios del alma.
Ya voy, Señor, ¡Ay! que sueño de soles,
qué camino de estrellas en mi sueño.
Ya sé que llega mi última paloma…
¡Ay! Ya está bien, Señor, que te la llevo
hundida en un rincón de las entrañas!”

Aun para plasmar un cosmos de ideas de impronta religiosa, el autor apela a lo sensorial para llegar a su trasfondo, una sensibilidad más allá de los órganos, de un ámbito puramente espiritual. Esta sensibilidad se “tropicaliza” al anclarse en este particular espacio geográfico, desde sus referentes simbólicos y su barroco natural, más allá de las palabras, en “A Juan Florit, poeta en Chile”:

“Aquí, desde este punto de la tierra
tan distante del tuyo, aunque los dos sean América.
Aquí, digo, país de rumba y leche de cocoteros,
en el umbral del horno donde se tuesta el mundo.
Aquí, donde el mar es claro como mica encendida
y la noche tiene una voz más luminosa que el día.

Aquí estoy yo con mi nombre sonoro en punta,
sobre la línea clásica de los versos podridos,
en la tribu de veinte caribes con trompetillas en los arcos
para matar a los viejos derechistas.”

Sobre este poemario, Roberto Fernández Retamar expresaría: “La obra presenta dos vertientes: una de poesía serena, perfecta; otra de poesía jadeante, más estremecida, por donde el poeta quebranta los bordes de la poesía pura” . En este sentido, Florit sería dueño de un estilo más que ecléctico, holístico en su imbricación de corrientes para dar luz a una factura poética estéticamente superior.