4.1.1.15.5 La producción poética final de Eugenio Florit (1903 – 1999)

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Eugenio Florit continuó escribiendo en los Estados Unidos, sin regresar a Cuba tras el Triunfo de la Revolución; no obstante mantendría afinidades esenciales con la lírica cubana e incluso manifestaciones de desarraigo espiritual derivadas de la distancia con la Isla, que había sido nutricia para su poética, si no matriz esencial. A pesar de que la mayor parte de las piezas datan del período posterior al analizado, mantienen líneas estéticas coherentes con su discurso poético de le etapa republicana.

En 1965 publica en Madrid “Hábito de Esperanza”, el cual recoge su producción poética desde 1936 hasta la fecha de publicación; sin embargo la mayor parte de las piezas habían sido escritas antes de 1959 y en su totalidad las que integran la sección “Ciudades y homenajes”.

En este poemario se aprecia una vuelta a la concepción española del verso, de hechura neoclásica, aunque también converge el neorromanticismo pero desde la contención. La poética de Florit, sobre todo en su última etapa, está signada por cierto cerco que la lucidez intelectual impone a la fecundidad creadora, aun en las ilaciones más sueltas, próximas a la narración o al conversacionalismo, lo cual impide no solo el discurrir sentimental sino el asociacionismo o la inmersión en zonas de lo inconsciente.

La falta de preocupaciones de Florit con respecto a las conmociones sociales –o más bien, su renuencia a hacer de la lírica campo para estas- no fue sin embargo absoluta, como lo evidencia su poema “El Ausente”, con muchas afinidades en hondura y hechura con “El Otro”: “Nosotros, los sobrevivientes / ¿a quiénes debemos la sobrevida?…”, de Roberto Fernández Retamar:

“¿Quién se murió para mi vida?
¿Qué sofocado grito alienta,
sale del aire de la isla
y aquí me llega para alzarme
sobre mi ausencia entristecida?
(…)
No sé quién fue, no sé quién era,
ni quien murió para mi vida.
Ni quién murió. Pero aquí, lejos
de aquella hoguera de la ira,
con la tristeza de lo poco
que me sirvió mi sangre huída,
quiero dejar de testimonio
esta angustiada fe de vida,
dar a los vientos que me cubren
la voz que sueña con su isla,
y bendecir con fuerte lágrima
al que murió para que yo viva”

El poema está fechado en 1959 y sin dudas alude a las muertes bajo la tiranía batistiana, sin embargo añade como postdata: “Hoy, diciembre de este año 1963, siguen muriendo, como antes”, lo cual aunque fue solo una pincelada en su obra, desprovista de intencionalidades políticas, da testimonio de que decidió apartarse emocionalmente del proceso revolucionario, si bien siguió ligado a Cuba por los lazos de un lirismo de raíz insular.

Publicaría después “Tiempo y agonía”, en 1974 donde insiste en el rejuego entre la vida y la muerte y se aprecia que no ha perdido aun el ovillo poético de la nostalgia de la Isla, no desde una evocación hondamente dolorida sino desde la del poeta que se asume en nuevas circunstancias, quizás aferrado a su vocación de diletante, que le ayuda a transfigurar culturalmente sus ámbitos y sacar luz poética:

“Pero ocurre que pienso
que más allá de estas paredes, de estos cuadros,
hay flores sin macetas, libres
cual las hojas de yerba del poeta.
Que allá, donde hay más aire,
se ve el cielo mejor y más hermoso.
Y hasta pueden contarse las estrellas
sin tener que asomarse a la ventana
y casi adivinarlas
a través de la bruma y las luces de abajo”

Publicó además “Versos nuevos”, en 1981; “A pesar de todo”, 1986; “Abecedario de un día gris”, 1987 y “Castillo interior y otros versos”, 1987; sin mencionar todas las compilaciones.

Aún con algunos hallazgos posteriores de su poética, de acuerdo con José Olivio Jiménez, “Este Florit posterior y de más generoso decir (…) no ha borrado totalmente al que le precedió: aquel que buscaba acendrar su lirismo en canciones breves, en apuntes poéticos mínimos y ceñidos, en sonetos elaborados dentro de la más ortodoxa tradición clásica”.