4.1.1.16.1 “Versos” y “Canto a la mujer estéril”, de 1938, Dulce María Loynaz

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Estos constituyen los primeros poemarios que publicó Dulce María Loynaz, donde ya se aprecian los rasgos definidores de su poética, el intimismo como credo fundamental y un sentido fruitivo de la naturaleza, además de la inmanente religiosidad, que deviene sin embargo cuestionamientos ontológicos heterodoxos.

Su lirismo pretendía existir per se y no incorporarse a una corriente estética o tratar de renovarla, ambas pretensiones le fueron ajenas, por lo que a veces se considera que su obra no se inscribe plenamente en la época en la cual fue concebida, lo cual se aprecia en estos poemarios, ajenos a cualquier sacudimiento social o literario, intemporales.

Por otra parte, su lírica no busca una intelección profunda de los fenómenos sino que se embarga más bien en el disfrute sensorial, anhelando en cierto modo una fusión, que puede ser también disolución de su yo individual, alguna manera de atravesar su dolorosa crisálida, tanto más cuanto no fue asumida con un sentido trágico.

La vinculación entre vida y poesía pueden captarse en “Canto a la mujer estéril”; probablemente escrito después de descubrir su incapacidad de procrear (Este asunto también lo menciona en “Fe de vida”, por lo que no constituya una inmersión en su intimidad) asunto que no la conmocionó profundamente dado su poca afición a los niños y a que se sabía pródiga en dones poéticos.

En el texto se entretejen móviles asociados sobre todo a la inevitabilidad de la muerte y la imposibilidad del amor, donde ya despunta en su dominio de la lengua española, con el empleo de un léxico elegante y sencillo, que roza sin miedo los lugares comunes, otorgándole un nuevo sentido a palabras y frases comúnmente empleadas, sin embargo su lirismo fue del todo inusual, original en tanto no se propuso serlo sino plasmar solo su vivencia espiritual, el trasunto de su emoción a veces sin causa fija.

La actitud del hablante lírico, la propia autora en tanto sus versos parten de lo íntimo, es sobre todo auto contemplativa, cuando intenta lo dialógico se aprecia que su interlocutor generalmente no es más que ausencia, agudizando la imposibilidad de establecer la comunicación, recluyéndose en una soledad no necesariamente física.