4.1.1.16.6 El texto “Fe de vida”, de Dulce María Loynaz, 1995

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“Fe de vida” pertenece más bien al género de memorias, fue culminado por la autora en 1978 pero a causa del requisito impuesto por esta de que solo se editara tras su muerte o después de cumplir 90 años, que no se satisfizo hasta ya entrada la década de los 90, no fue publicado si no hasta 1995.

El libro se refiere a parte de la vida, la conducta pública y privada de quien fuera su primer amor, Pablo Álvarez de Cañas. Conminada por su familia a romper todos los lazos que los unían en la realidad, contrajo matrimonio con otro hombre pero muchos años después se reencontrarían y unirían sus vidas también en matrimonio, el cual se vio interrumpido por el exilio de Pablo, quien a su vez desempeñó el jugoso oficio de cronista social durante un largo período de la etapa republicana.

El texto, aunque se propone justamente narrar episodios de la vida de Pablo y reivindicarlo ante la opinión pública, constituye también una fe de vida de la Loynaz que destruye mucho de los mitos que se tejieron en torno a su persona. Fue en muchos modos una mujer de su tiempo y clase social y amó a su manera, con miedo como ella misma reconoce, pero saliendo de su lírico caracol hacia el mundo.

La obra posee una estructura narrativa lineal, interrumpida a veces por algunos episodios, no constituye exactamente una biografía pues parte de los lapsos vitales de Pablo están perdidos por el cese de la comunicación con la autora, pero en sentido general traza una panorámica adecuada de la formación de su personalidad en el país de origen y las vicisitudes acaecidas en Cuba, actitudes como pinceladas que intentan un cuadro impresionista del ser algo complejo desde el punto de vista valorativo que fue Pablo.

Sin proponérselo directamente esta obra constituye una crónica de casi toda la etapa republicana, contada desde arriba, la bonanza económica de la danza de los millones, el descalabro financiero que después le sucedió y parte del acontecer de la alta sociedad. Solo se refiere de soslayo a los gérmenes revolucionarios que en determinados momentos entraron en ebullición, con la frase de: “un estudiante levantisco o un obrero amargado”, elocuente en cuanto a su concepción del status quo.

Se refleja además cierta incompatibilidad de su personalidad, hecha a un estilo de vida de alegre aristocracia, con las transformaciones revolucionarias, cuya esencia no llegó a comprender porque no compartía los mismos referentes de la etapa republicana sino solo del paraíso citadino que habitó y ni siquiera el aspecto más sórdido del lujo.

Sin embargo este texto resulta auténtico en todo sentido y denota alguna influencia de la literatura revolucionaria en el tono coloquial y el hecho de quebrar en cierto modo su intimismo y hacer copartícipes de su realidad a un amplio segmento de lectores potenciales, aun temiendo la incomprensión de estos desde la distancia quizás insalvable de casi medio siglo.