4.1.1.19.1 Las primeras incursiones poéticas de Félix Pita Rodríguez (1909 – 1990)

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La labor poética de Félix Pita Rodríguez se inició en el suplemento literario de la Revista de la Marina y también en la Revista de Avance, adscribiéndose plenamente a los postulados de la vanguardia, en aquel entonces emergente en el panorama lírico de la nación.

Durante su viaje a París en 1929 entabla contacto con el surrealismo y recibe influencias de los poetas del ámbito y la génesis de este movimiento, entre ellos Villon, Blake y Lautréamont, entre otros. Sin embargo no rinde culto exclusivo a este credo estético y siempre se acusa una sensibilidad neorromántica detrás del entramado de la simbología con que expresa el afluir de lo inconsciente.

Pita Rodríguez no pretende conjurar de su poética la fuerte carga emocional dada en gran medida por la frustración republicana, desde la cual se potencia el sentimiento del poeta ante el vacío y una soledad puede decirse que consustancial, el extrañamiento ante una realidad en la cual no se siente del todo inmerso y por ello deviene ente irreal en su ámbito, un grado de enajenación de la cual toma conciencia y trata de escapar de ella en espirales que lo llevan a un mayor desconcierto y paradójicamente a regiones poéticas no holladas por nuestros bardos.

La nota de humor constituye otra de las maneras que el poeta encuentra para aligerar el peso de ideales que colisionan constantemente con la realidad, esto engarza de alguna manera con el choteo y su sentido de evasión de la coyuntura social pero con un tono no exclusivamente criollo. Esta alternativa y en un sentido más amplio el choteo, constituía las única de supervivencia psicológica en un contexto que se percibía como inamovible.

De acuerdo con Roberto Fernández Retamar, se trata de la “expresión de una pura fluencia emocional, cercana al superrealismo, en el cual no hay el acercamiento de dos realidades, de que da testimonio la metáfora, sino una nueva y arbitraria organización resultado de soltar las amarras de la razón”

Esta poética, en el reverso de lo racional y con una estructuración que es en parte la del inconsciente pero sin romper las barreras de la consciencia, ojo vigilante del poeta sobre la revelación de su propio abismo, fue calificada incluso como “disparate puro” por Juan Marinello, al adentrarse en un ordenamiento poético que respondía a una lógica propia, fruto de la asimilación de fuentes cognoscitivas y estéticas diversas pero integradas.

Las indagaciones de este bardo no son solo psicologistas sino que le importa la palabra poética per se, a tono con la vanguardia, más allá del contenido atribuido y aceptado por convención social le interesa lo fónico en tanto expresión directa de significados: lo onomatopéyico. Utiliza ya la sinestesia y otros recursos que intensifican el sentido de otra realidad, todo lo cual converge en un cosmos poético de difícil intelección y que se singulariza desde sus albores, prácticamente sin epígonos en las generaciones posteriores.