4.1.1.2.2 “El mar y la montaña”, de Regino E. Boti (1878 – 1958)

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4.1.1.2.2

“El mar y la montaña” fue gestado entre 1919 y 1920 y publicado en 1921, en este el poeta se despoja de los afeites retóricos en aras de una expresión más depurada, sin carga intelectiva que medie en la aprehensión de la realidad exterior, sobre todo la naturaleza como espacio para la comunión con la divinidad y la consecución de la libertad.

La poesía aquí es pintada con mínimos trazos, donde el deslumbramiento se produce desde la sencillez lexical sintetizada en impresiones de gran fuerza semántica. El texto engarza perfectamente en cuanto a tópicos y calidad artística con lo mejor de la tradición lírica nacional, asociada al encuentro ya de nuevos derroteros estéticos, ya se consideren desde el modernismo o el posmodernismo.

El texto está dividido en tres secciones, con un sentido cabalístico quizás inconsciente: “El mar”, “Intermedio (en la aldea)” y “La montaña”, donde rompe con el soneto y se entrega a una libertad métrica que constituye en cierto modo antítesis de la asfixiante situación social que padecía junto a sus congéneres bajo el nuevo orden político.

En el cuerpo de este poemario, uno de los poemas mejor logrados lo constituye “Hermandad”, suma expresión quizás de su cosmovisión panteísta, pero sobre todo hilozoísta, en tanto le atribuye vida y le profesa un amor a la vez dolorido y jovial hacia todo lo que lo circunda, siendo entonces una especie de espectador incorporado al derrotero de su mundo:

“Hay un alma sensible en cada cosa.

Las voces del silencio en la montaña;
las rapsodias del mar; el tableteo
del viento en los playones y farallas;
el ritmo monacal de la alta noche;
el treno de los valles y quebradas;
el ecuóreo bullir del caracol
y el sinfonizar de los pinares
son quejas, gritos, ayes y clamores
de las cosas simples y perennes.

Son el acorde del dolor del mundo,
que el mundo tiene un alma, y hay un alma
sensible en cada cosa. Un alma hermana
de nuestra pobrecita alma humana.”

El tono del poemario transmite una serenidad que contrasta con su canto exaltado de otra época, la expresión poética se ha diafanizado para llevar a nuevas esferas la comunicación con el lector, más que esto, una comunión que alcanza a todos los ámbitos materiales y espirituales del universo, de vida pero a la cual incorpora también la muerte sin ápice de tragicidad, para fundirse en el “torrente de lo real” como propugnaba José Ortega y Gasset.