4.1.1.4 La obra poética de Dulce María Borrero (1883 – 1945)

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Dulce María Borrero fue una de las hijas de Esteban Borrero Echevarría, por lo que desde pequeña estuvo rodeada de un ambiente propicio a la creación literaria. Toda su familia se trasladó a Cayo Hueso en 1895 y allí publicó sus primeros poemas, en “Revista de Cayo Hueso”.

En la República su trayectoria literaria se inicia con el premio que obtuvo en los juegos florales del Ateneo de la Habana, en 1908. En 1912 publicó el que fuera su único poemario “Horas de mi vida”, que fue editado en Berlín. Este texto le valió el primer premio y la medalla de oro de la Academia Nacional de Artes y Letras.

El poemario consta de ocho secciones, con los subtítulos de: “Gotas de llanto”, “Reminiscencias”, “Lauros sangrientos”, “Flores de amor y de melancolía”, “Albas lejanas”, “La siembra de la muerte”, “Amor” y “Horas crepusculares”, estos permiten colegir que se trata de una obra heredera de la impronta romántica del siglo XIX; aunque a veces la autora se refugia en un distanciamiento expresivo no del todo afín a esta corriente.

El tópico fundamental es el amor, desde la óptica de la separación, no solo el abandono sino también la muerte; en este sentido su tratamiento de este tópico recuerda un tanto a Casal y se concatena con la ilación del modernismo hacia el siglo XX, sin participar de la concepción renovadora de Boti o Poveda, más bien porque no se dedicó sistemáticamente a la creación literaria.

Una fina sensibilidad y en ocasiones erotismo que escapa de las concepciones sociales y dogmas religiosos fuertemente arraigados transpira en sus versos, de un lirismo quizás manido pero al que salva su autenticidad: “Y sueño cosas tan dulces, / y tantos placeres sueño, / que me olvido de tu alma / para soñar con tus besos!”

La emocionalidad y la percepción femenina de la realidad se aprecian en casi todos sus versos, en que a través del ahondamiento en su propia personalidad, en un sentido quizás autobiográfico con respecto al amor, logra plasmar sus esencias y comunicarse a un alto nivel con los lectores, produciendo una especia de empatía que sobrevive al texto.

Su particular sensibilidad se manifiesta también en la relación con la patria, despojada de sentido político y vuelta quizás al sentido primario de terruño, el telurismo de pertenecer a la Isla y la relación con los seres que de algún modo la gestaron. En este sentido le dedica un poema, con el título de “Sin nombre”, a José Martí.

Dulce María Borrero estuvo preparando un tomo que no llegó a ver la luz editorial, con el título de “Acuarelas”, del cual se han perdido los textos y las referencias, excepto que uno de los poemas se titulaba “La piedad de la duquesa”, junto a un fragmento introductorio. Publicó después algunos versos en revistas de la época. En este sentido colaboró en “Cuba Contemporánea”, “Revista Cubana”, “Revista Bimestre Cubana”, “El Fígaro”, “Cuba y América”, “Social”, “La mujer moderna” y “Anales de la Academia Nacional”, entre otros.