4.1.1.8 La obra poética de José Zacarías Tallet (1893 – 1989)

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José Zacarías Tallet no cultivó asiduamente la lírica, de hecho cesó completamente de esta labor en los últimos años de la República, aunque volvería a hacerlo tras el Triunfo de la Revolución, cuando lo que había sido “semilla estéril” parecía tener la posibilidad de germinar bajo nuevas circunstancias histórico – sociales.

Su único libro en la etapa republicana se titula precisamente “La semilla estéril”, publicado en 1951, cuando realmente en cuanto a criterios estéticos y políticos respondía a una etapa anterior, a la generación de la década del 20, asociada al Grupo Minorista y a la renovación estética en torno al tránsito entre el modernismo, el denominado “prevanguardismo” y la propia vanguardia.

La poética de José Z. Tallet rompe con el modernismo en tanto toma como objeto poético la cotidianeidad y la inmediatez, con una mirada irónica que tiene afinidades filosóficas con la de su amigo y cuñado Rubén Martínez Villena; sin embargo destaca de Tallet la autenticidad, el vertimiento del poeta de sus contradicciones, cierto yo fraccionado que no aspira a recomponerse para el lector sino a presentarse tal cual.

Los poemas que integran “La semilla estéril” en su mayor parte habían visto la luz en publicaciones de la primera mitad del siglo, tales como: Grafos, Atuei, Revista de la Habana, Alma Máter, Social, Carteles y Revista de Avance; sin embargo no con la organicidad que supone un poemario, por lo que si bien la llamada “década crítica” influyó en Tallet, este no influyó en el parnaso intelectual y literario con la misma fuerza que si hubiera plantado a tiempo la semilla.

El libro se inicia con una especie de parábola, de título homólogo, en que el sujeto lírico quizás coincide con el propio autor, como puede apreciarse en algunas estrofas:

“El sembrador, mozuelo rebosante de dicha,
en el alba inefable, al huerto de la vida
salió a sembrar. Andaba con andar presuroso
y una extraña sonrisa le iluminaba el rostro.

Llevaba su dorada simiente en áureo cesto
que sostenía firme contra el costado izquierdo;
y así, cuando arrojaba un montón de semillas,
del corazón tomarlas talmente parecía.
(…)
Una vez más tumbóse el sembrador iluso
a esperar el momento de recoger su fruto.
Vio pasar siete veces la ansiada primavera,
y en vano siete veces esperó su cosecha…

…y solamente un yermo era su extenso campo,
interrumpido a trechos por uno que otro cardo…

El sembrador alzóse, y se fue, poco a poco,
y una extraña sonrisa le ensombrecía el rostro”.

Casi toda la obra poética de Tallet estuvo signada por cierto pesimismo, el cual se fue acrecentando con los años ante la falta de perspectivas para un movimiento social renovador, a la altura de 1951 parecía esta ya una actitud irremediable y sin embargo siempre quedó un mínimo rescoldo de esperanza, el “retorno al huerto” por si algún día germinara una alternativa distinta.

Sobre el poeta, refirió Guillermo Rodríguez Rivera: “Creo que hay sobradas razones para considerarlo hoy como una de las figuras trascendentales de nuestra poesía contemporánea. No es casual que el interés por la obra de Tallet crezca en lugar de decaer, ni lo es que las dos últimas generaciones de poetas cubanos se hayan acercado con interés y admiración a su obra”