4.1.2.10.2 “Las miradas perdidas”, poemario publicado por Fina García Marruz (1923 – ) en 1951

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“Las miradas perdidas” constituye la primera obra trascendente de Fina García Marruz, donde se aprecia la calidad de su poesía en tanto emanación de sí, salida a lo exterior y no mero rejuego de palabras. Algunos críticos, entre ellos el propio Cintio Vitier, había señalado cierto desaliño formal como parte de una concepción de la poesía como expresión verdadera a través de la cual evoluciona el alma, con un fin más alto que ella misma, sin embargo aquí se aprecia ya un mayor cincelado estético, ajeno de todos modos al propósito de imbuir la belleza.

Uno de los poemas en el que se aprecia mayor despliegue lirico, aunque secundario con respecto a la visión interior que intenta transmitir, de una religiosidad raigal y que es en ella fuente primigenia de poesía, es sin dudas “Transfiguración de Jesús en el monte”, publicado anteriormente como suelto, en el año 1947. Su concepción de lo exterior se plasma también en estos versos, asociado a la entrega de Jesús, equiparable en cierto modo al acto escritural auténtico del poeta:

“…En el monte su cuerpo no resiste a Aquél que nunca
supo pensar nada que no pudieran compartir su pecho
o sus dos manos;

oh, difícilmente podríamos comprenderlo. El se ha
vuelto totalmente exterior como la luz;

como la luz El ha rehusado la intimidad y se ha
echado totalmente fuera de sí mismo;

mas no como el que huye sino como el que regresa,
El que se queda con su parte como el que divide un pan;

como la luz El recuerda la fuente que mana en lo
escondido y ocupa la extensión justa de su nombre;…”

Esta pieza constituye uno de los mayores exponentes del catolicismo traspuesto líricamente, asociado a una fecunda emocionalidad que no se detiene en lo litúrgico sino que busca recuperar el sentido de la alianza, esta vez en sustancia de poesía.

Aunque los versos anteriores debidos a la pluma de Fina Garcia Marruz presentan ya notables aciertos estéticos, portadores de una poética digna, nutrida al calor de la lectura de los clásicos pero de claro aliento vivencial, aquí alcanza realmente su singularidad creadora y muestra ya la directriz religiosa de su poesía, así como su clara identificación con la Isla natal y de ahí en ansia de apresar lo identitario nacional, tan escurridizo como el propio concepto de lo poético.

Del texto también forman parte piezas dedicadas a Rosalía de Castro y Sor Juana Inés de la Cruz, en este sentido, aunque no pueda citarse una pieza en particular, lo cubano constituye un soterrado temblor que recorre todo el poemario, concomitante con el tópico religioso y el tema de la muerte, todo ello en un estilo depurado que había ya alcanzado hallazgos suficientes para figurar en la historia de la lírica nacional.