4.1.2.10.3 La obra de Fina García Marruz (1923 – ) publicada en Orígenes

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Muchas de las piezas poéticas publicadas por Fina García Marruz fueron recogidas en “Las miradas perdidas”, como “Carta a César Vallejo” y “La luz del siglo” en los que se aprecia la similar maestría que desplegó en el manejo de formas poéticas cerradas y abiertas. La noche se manifiesta ya como símbolo por excelencia de sus indagaciones, a la cual intenta penetrar como imagen del misterio universal.

Su plena inclusión en el mundo origenista nutrió al grupo desde la óptica de lo femenino en la poesía, no solo a través de la creación literaria en sí, si no que la revista fue ámbito propicio a sus primeros ensayos, como letra viva que fecundó la labor de otros poetas del grupo.

Además de los poemas ya citados, también publicaría en Orígenes el poema “Canción para la extraña flor”, el cual alcanza una admirable concreción entre la realidad natural y la concepción purista del símbolo de la rosa, en este caso flor en que de alguna manera concurren las dimensiones de lo efímero y lo eterno, desde la proximidad con dios de lo perfecto, destinado a la más perfecta soledad:

“Hoy he visto a la tierra, severa de fuerza y fantasia, fiel nodriza del tiempo;

hoy he visto a la tierra sin castidad, más santa de tan humilde, tan recia y verdadera;

hoy he visto un puñado de tierra como el juicio corto y justo de un tosco hombre de pueblo,

de la que tu has surgido con una serenidad distinta, con una ironía distinta, extraña, extraña flor.
(…)
Ah, que no conozcas la brevedad de los días sino la joya virgen de un tiempo que no vuelve,

pues qué es para mi este día sino la piedra puesta en el rodar ajeno de una ladera oscura,

qué es para mi este día que se pega a tu cuerpo como la luz al diamante y que en el mío solo se desliza,

qué es para mí este día si no puede ser cual para ti la extensión de mi Cuerpo en la intemperie eterna?”

En Orígenes publicó además “Un día, una mirada” –junto a “La luz del siglo”, varias piezas de “Las miradas perdidas”, específicamente las tituladas “Los paseos”, “El bello niño”, “Jardín del Cerro” y “El Salón de música”, donde la memoriam deviene ya poderoso instrumento para adentrarse en una intimidad de la cual vuelve con un lirismo renovado, eterno abrevadero de su vocación lírica.

Otras de las piezas que aparecieron en la revista fueron las que después formarían parte de la sección “La noche del corazón”, tituladas “Una cara, un rumor, un fiel instante”, “No sabes de qué lejos ha llegado”, “ Privilegio tristísimo y ardiente”, “Yo os amo, palabras, madres tristes”, “Como un danzante” y “Vendrá la muerte”.

En sentido general la poetisa fue una de las pocas que se mantuvo fiel al movimiento origenista mucho después de la disolución de este como grupo, además de dejar su impronta en el discurso lírico de los miembros del mismo. Su filiación martiana, asociada a la indagación en torno a la raíz de lo nacional, y su religiosidad católica concurre en las bases de la misión estética y vital que se arrogó el origenismo, abocada a salvar la nación a través de la cultura.