4.1.2.10.5 “Viaje a Nicaragua”, 1987, remembranzas líricas de Fina García Marruz (1923 – )

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“Viaje a Nicaragua” expresa en cierto modo un internacionalismo militante en el campo de la literatura, a través del cual la autora ahonda en la situación política del país, la patria de Rubén Darío y Ernesto Cardenal, sin por ello perder su lirismo esencial, pues habla desde una identificación revolucionaria que se adensó con su estancia en el país. El poemario se inicia con el texto “Tu lucha, Nicaragua”:

“Nos despertamos preguntando por tu lucha,
Nicaragua. Día a día, tarde o noche, seguimos
las noticias. Avances y retiradas, y avances otra vez.
En Estelí, en Masaya, en Chinandega.
Geografía de tu patria, Ernesto, de tu patria,
Rubén de los ojos de oro, Embajador.
(…)
Porque todo hogar será
la casa de un ausente y de alguien que regresa.
Razón tenía Coronel, la última
dictadura a derrocar, será la de la muerte.
Nos reuniremos todos juntos al Lago.
Sera de nuevo la pesca milagrosa, la paz.”

La escritura tiene lugar en largos versículos que desembocan a veces en una escritura prosística, próxima a lo narrativo. Se ha asociado este poemario a la llamada corriente exteriorista, en la cual las sucesivas realidades, ya paisajísticas o ya sociales, impactan a la poetisa y esta los traspone a poemas fundamentalmente de sensaciones, en cierto modo un tratamiento afín a la literatura de viajes.

El cuaderno está integrado además por los siguientes poemas, bajo el título común de “Apuntes nicaraguenses”, sección de la cual solo está excluido el citado poema inicial y forman parte los siguientes: “Fiesta en Solentiname”, “El niño Eric”, “La hacienda de coronel”, “Día de difuntos en Estelí”, “Un pueblito”, “Buñuelos de noviembre”, “Lago de Managua”, “Riberas del Gran Lago”, “Laguna de Asososca”, “Laguna de Tiscapa”, “Moreno”, “El joven escolta”, “Catedral de León”, “En la hacienda de San Jacinto”, “Doña Olivia”, “El volcán Masaya”, “Plaza del pueblo a la caída del tirano”, “El Visionario”, “La iglesita de la Concepción”, “Interior de casa”, “En Metapa”, “En Niquinohomo”, “Cuartel con compás descansando y guardias presos” y “El pueblo se llama Juan”.

Aunque no están ausentes de estas páginas los recursos retóricos, en ellos lo circundante se plasma de una manera inmediata, sencilla y en este sentido lo fruitivo incluye campos, lagunas, espacios de lo natural que no intenta ya desentrañar o conjuga simplemente con otras actitudes, como la que guía la composición de “El volcán de Masaya”, más afín a su poética definitoria en tanto consecución del simbolismo de la realidad:

“Hemos llegado al fin al centro.
Al corazón del mundo, que es como un volcán.
Al fuego comprimido, que una vez estalla
en lava, en piedras ígneas, hasta arrasarlo todo.
Hemos llegado a la cólera comprimida
de la tierra, que es como la cólera comprimida de los pueblos….”

Además de las características citadas, lo primordial de las impresiones por sobre la aprehensión intelectiva del mundo, está última recurrente en sus versos de antaño, la poetisa no ha mutado aquí sus esencias y lo inmediato deviene a veces imagen evocadora de otra posibilidad, asociada a lo religioso, constante que no abandonaría pero no como mero tono sino uno de los pilares fundamentales sobre los que se yergue su poética.