4.1.2.2.6 “Dador”, obra poética publicada en 1960 por José Lezama Lima (1910 – 1976)

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Aunque el poemario “Dador” fue publicado en 1960, las piezas que lo integran fueron concebidas antes de 1959, por lo que se corresponden con la sensibilidad típicamente origenista – no existió una ruptura tal cual en la poética lezamiana después de la fecha- , en sus versos confluyen elementos de la realidad sensible y propios del imaginario de Lezama con una armonía no precisamente musical pero que atañe a la coherencia de los textos.

Forma parte de este poemario “El coche musical”, en el que se transparenta una realidad creada por Lezama, especie de oasis en que el encuentro de dos seres aludía a un estado poético distinto del entorno, creado por la alucinante sucesión de imágenes que se arremolinan en torno a la posibilidad de otra naturaleza, recién creada, asentada sobre la otra, la de divina impronta.

Al respecto, expresó Fina García Marruz: “Se inserta así el libro en el reino de las inscripciones, de lo jeroglífico, de lo que, como en las antiguas culturas perdidas o en lo aborigen americano, trae con el limo de lo hermético, las primicias de una comunicación por el ornamento, las figuras esquemáticas o la danza.”

La poetisa y estudiosa de la literatura aprecia una analogía entre el título del libro y uno de los nombres que se le dan al espíritu santo, en este sentido el texto viene a llenar un vacío en la historia que no alcanzaba todavía su plenitud, es decir, en el momento de la escritura. Algunos de los escritos en prosa poética tiene un tono fabular que recuerda universales arquetipos, sobre todo en lo que respecta al sempiterno diálogo entre pobreza y riqueza.

Aquí Lezama apuesta por una intelección de la realidad que no es puramente cognitiva sino que aúna múltiples componentes, en definitiva apuntando hacia la aprehensión de la realidad, el verdadero conocimiento, como un todo en que participan carne y espíritu, inteligencia y prístino afecto, el conocimiento como un derivado de la relación, auténtico vínculo con el objeto, lo cual es factible y quizás únicamente a través de la poesía.

El poemario no es de una hechura formal acabada, con ínfulas de perfección, aquí el poeta ofrece otra belleza que no reside precisamente en el fluir sino en una especie de rispidez en el tránsito de las imágenes, dadas por su carácter no contemplativo sino transformador, fraguador de una poesía encarnada y al mismo tiempo de celeste pretensión de vuelo.