4.1.2.5.1 El poemario “Luz cautiva”, 1937, de Justo Rodríguez Santos

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4.1.2.5.1

En el poemario “Luz cautiva”, publicado por Justo Rodríguez Santos en 1937, se aprecian ya las características que revestiría su poética en toda su obra creativa posterior, dadas por la armonía clásica como continente estético de una serenidad de espíritu inamovible, de resonancias líquidas. Sin embargo los versos se mueven en un tono monocorde y los símbolos acusan tratamientos repetitivos, manidos verbigracia en el caso del mar y la rosa.

El excesivo esteticismo implica escaso afán intelectivo y un vaciado de los versos en cuanto a genuina afectividad. Se aprecia un dominio de las formas poéticas de la tradición hispana, con preferencia el soneto y el romance, pero desprovistos de auténtico latido en tanto transparentan una escritura en cierto modo impersonal y efectista desde el punto de vista de la musicalidad.

Muchos de los versos evidencian una filiación purista en cuanto al cultivo de la lengua lírica per se, en el caso del soneto “La Palabra”, que expresa en gran medida la propia poética del autor, se aprecia el sendero cíclico que condujo a muchos de los poetas de esta corriente hacia las márgenes del silencio, como lo puro por antonomasia:

“Palabra ya por siempre floreciendo
tu vida propia ajena de la mía;
mariposa sin tarde ni penumbra
diluyendo su diáfano invisible.

Planta viva que al viento se alza esbelta
encendida y confusa de lo eterno.
Prodigio de palabra que se abre
ignorándome a mí, girasolando.

Tu color luminoso, sin color,
a un lado y otro lado contemplando
ofrece en alba su delicia pura.

Palabra ya poema sin palabras,
Narciso que se escucha
su música ya eterna sin sonido.”

La delectación formal que se aprecia en sus versos adopta a veces un cariz ciertamente narcisista, belleza auto contemplativa que ancla con preferencia en el símbolo de la rosa, la cual ha sido despojada por el poeta de toda terrena raíz, para fijarse solo quizás en la rosa ideal.

En su poema titulado precisamente “Rosa”, se aprecia la transferencia semántica a esta de elementos propios de su fluir poético y el sentido purista de disolución en la nada, más claro en una de sus estrofas:

“Silencio vivo renaciendo siempre
su cristalina muerte sin espera.
Vida pura, de sí misma adueñada,
atenta a los silencios de la nada.”

Incluso en las piezas que parecen remitir directamente a un plano afectivo, como “Muerta en mayo”, el godeo y regodeo en la lírica belleza anula cualquier efusión sentimental; lo “dolorido” acusa un tono impersonal pues todos los otros planos del discurso están subordinados al propósito de producir la inmanente belleza del sonido.

Sin embargo el poema “Elegía” constituye quizás una de las mejores piezas del poemario y de toda la producción poética de Justo Rodríguez Santos, pues en ella se imbrica el sentimiento con un alto vuelo poético, una emoción de más hondura que se aposenta pero no se anula en el decurso lírico. Esta es contemporánea de las elegías de Emilio Ballagas y tiene algunas afinidades tonales con las mismas, sin la tormenta trascendente que hace de los versos de Ballagas piezas cúspides de nuestra tradición:

“Sale del mar la rosa que te sueña
y en el recuerdo largamente flota.
Sale del mar el aire, la alegría,
el hálito tan puro que traspasa
con un fulgor de amanecer tu ausencia.
(…) Vanamente la noche de la muerte
hurta tu rostro de esplendor antiguo
a la amorosa soledad que vivo
sollozando tu nombre y los rosales.
(…)
Frío silencio yace donde rota
pura estrella de ti se desvanece
y la penumbra invade la ventana
donde mi voz y el viento te imaginan.
Plata viva de mar lejano suena
y su lenguaje de corola canta
tu ayer de adolescentes abedules
y la cortada flor de tu palabra.
Eterno tu perfil queda en la ausencia
junto al largo minuto que resido,
ya centauro de luz la inmensa noche
sobre el dormido valle de tu muerte.
Sordo rumor de venas estremece
húmedas hojas verdes extendidas
y batallan la luz y las raíces
y cae ceniza y lágrimas y sueño,
mientras llega el sollozo a mi garganta.”