4.1.2.9.4 Otros poemarios publicados por Cintio Vitier (1921 – 2009) entre 1940 y 1950

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Las últimas obras poéticas que publicara el prolífico Cintio Vitier en la década de 1940 – 1950 fueron las que responden a los títulos de “La ráfaga”, 1946; “Capricho y homenaje”, 1947, “El hogar y el olvido”, 1949 –que será abordado en un acápite aparte- y “Sustancia”, ya en 1950, en los que insiste en la interrogación a la realidad y su misión dentro de ella, la sustancia en que debe transmutarla en su poesía.

Esta etapa de la obra creativa de Cintio Vitier, iniciada ya con “Sedienta cita” se caracteriza por la prevalencia del fin estético por sobre el comunicativo, lo cual se traduce en poemas que resultan herméticos, a modo de éxtasis poéticos, pero donde las formas son siempre libres y de una irregularidad en que la adjetivación y el deslumbramiento verbal tienen cierto barroquismo.

En “Capricho y homenaje” pulsa una cuerda artística similar y se aprecia un cierto sentido de disolución en lo circundante, de lo cual quiere formar parte pero no como violencia sino con un sutil incorporarse, una acción externa absorbente, para formar parte y al mismo tiempo trascender, lo cual se relaciona asimismo con las búsquedas origenistas.

En “Símbolos”, texto perteneciente a su poemario “Sustancia”, se aprecia el sentido poético de intento de develación de la realidad como un intrincado tejido de símbolos que aluden a otra realidad, entrevista solo y en la cual reside la sustancia última de la poesía, ese más allá con que espera una especia de fusión, más que meramente sensitiva, de una intelección que es también penetración cuasi carnal en el hondo entramado de lo real:

“Cada mañana los símbolos
están de nuevo mirándome,
detrás de una ardiente noche
a la que la luz no puede
sino darle más belleza.

Son los árboles callados,
son el rocío y las nubes,
el mar salvaje, las formas
de todas las criaturas,
hechas de hombre y de polvo.”

Aunque no es privativo de estos cuadernos ni de esta etapa, en ella tiene un peso importante lo onírico pero no en un sentido surrealista, sino lo onírico plantado en lo real, aquello que tiene de simbólico el propio acontecer, que va más allá de este y el poeta no puede develar desde su umbral, por lo cual insiste en la metáfora del poeta ciego o deslumbrado, que trata de abrir entretelones que se le escapan ellos mismos.