4.1.3.2.1 “La Rafaela de Cuba” (1926 – 2001), su obra poética a partir de 1959

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Rafaela Chacón Nardi se incorporó a la vida y la poética de los nuevos tiempos y lo épico que estaba en su raíz sin perder la singularidad que la había caracterizado hasta entonces; las grandes pérdidas colectivas de la primera década revolucionaria encuentran también asidero en su poética, verbigracia los versos de “Homenaje a Conrado y a Manuel”, de 1962, en el que prima el tono elegíaco ante la tristeza por los asesinatos de los alfabetizadores Conrado Benítez y Manuel Ascunce.

Lo elegíaco predominó también en cuadernos posteriores de la poetisa, resultado de la perenne conmoción ante sus circunstancias, donde hizo su hallazgo de la conjunción definitiva entre lo íntimo y lo social, a la cual tendieron no siempre con la misma suerte otros poetas de su generación. En esta línea se inscribe el poemario de 1978 “Del silencio y las voces”, en la que la temática política es interiorizada y vertida en versos de la calidad y matriz de cosa íntima, como en “Nacimiento de mi Isla”.

Concibió también los títulos “De rocío y de humo”, 1965; “Coral de aire”, 1982; “Una mujer desde su isla canta”, 1994 y “Mínimo paraíso”, 1997, en este último aparecen sus décimas, evidenciando el dominio de tal tipo de composición. El neorromanticismo se prolonga en estos versos, así como el sentimiento patriótico, en un tono próximo a lo coloquial pero que no desemboca abiertamente en esta corriente, a modo de “conversación susurrada”, al decir de algunos estudiosos.

Uno de los poemas más antologados de la autora, recogido incluso como su mejor pieza en “Doscientos años de poesía cubana”, por Virgilio Lemus, es el titulado “A mis huesos”, que a su vez forma parte de la compilación realizada por Félix Pita que ya se ha citado, titulada “Coral de aire”. En este poema emergen los íntimos dilemas, las circunstancias personales, incluso el asedio de la enfermedad y la muerte que tuvo que padecer la creadora:

“Dislocados, sin rumbo ni destino,
rotos de acá hasta allí, de sur a norte,
dejando el cuerpo inútil –sin soporte–
negándome el andar y hasta el camino.

Así vino a mis huesos, así vino
este ser y no ser cruz o resorte,
esta inmovilidad, este mal porte,
este confiar en yesos y platino.

Solícita la muerte, vigilante,
anduvo tras de mi hasta mi caída.
Me acompañó –solícita y amante–

En los amargos días y en la calma
del Hospital… Mas regresé a la vida
con terquedad de sol o agreste palma.”

En el 2000 vio la luz asimismo su libro “Del íntimo esplendor”, con lo cual se contribuyó a la difusión de su obra entre los jóvenes, a quienes también se dirigían sus labores de promoción de lectura y en sentido general para la cultura comunitaria. Estas actividades, su labor pedagógica y el alto vuelo de sus obras poéticas, le valieron ser condecorada con la medalla “Alejo Carpentier”, como homenaje por su entrega y dedicación sin límites.

Sobre la poetisa, había afirmado con su palabra clave Nicolás Guillén: “una voz de llanto y música, que son las grandes sustancias de que están hechos los poetas.”