4.1.3.3.2 La obra poética de Carilda Oliver Labra (1922 – ) en la década del 50

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En el lapso de los años 50, además de “Memoria de la fiebre”, de 1958 –texto que se abordará en otro acápite- Carilda Oliver Labra publicó otros poemarios menos conocidos dentro del contexto de su obra, con los títulos de “Biografía lírica de Sor Juana Inés de la Cruz”, en 1951, que le valió el Premio Nacional que se otorgara en ese mismo año; y “Libreta de la recién casada”, 1952, cuyo título establece cierto diálogo intertextual con “Diario de un poeta recién casado”, de Juan Ramón Jiménez.

La primera de las obras mencionadas al parecer no ha sido publicada en Cuba, al menos no antes del año 2002, consta de una serie de 10 poemas en los que la poeta matancera aborda momentos específicos de la vida de la mexicana, nacimiento, inicio en la escritura, amor, pérdida del amor, muerte y otros, son recreados con una empática devoción que se teje desde la similar condición de mujeres rebeldes (si bien la rebeldía de Sor Juana fue más bien en los recintos del intelecto y el espíritu) y atraviesa la secular distancia.

Al poema titulado “Se enamora”, pertenecen estos versos:

“Juana de Asbaje se guarda
el corazón donde sueña
(Amor la llama de pronto,
violento contra la seda).
Toca un color que le gusta,
anda hacia la primavera
y oye la sangre que late
como derramando fiesta
allí en su cuerpo reciente
de niña que a novios juega…”

Por su parte, “Libreta de la recién casada” consta de 20 poemas en que la autora se refiere al marzo de su luna de miel, fechando así, precisando en horario, el paulatino crecimiento del amor. Es esta una poesía que se va haciendo de sus circunstancias, movilizándose al paso de los amantes por las presuntas arenas de Varadero, por las citadinas calles, con la metamorfosis de la niña en mujer que va salvando sus sueños.

El texto fue prologado por el poeta y al mismo tiempo buen amigo de la matancera, Agustín Acosta, con quien la poetisa tiene ciertos puntos de afinidad; aunque Carilda se decanta por un neorromanticismo que tiene ya aquí ciertos nuncios coloquiales, corrientes que sabría fusionar como ningún otro poeta de su generación.

En estos versos la autora opta por las formas cerradas, en una grácil versificación en el que ya utiliza los recursos de la sorpresa lexical y otros elementos de las vanguardias poéticas, sin devenir por ello en vanguardista, pues no se abandona nunca al ámbito exclusivo de las palabras y la experimentación lingüística, sino que mantiene un anclaje en la realidad, pero inmediata para los sentidos y no precisamente intelectualizada.

A propósito de este poemario expresa Agustín Acosta: “Carilda Oliver no se parece a ninguna otra poetisa. Lo espiritual cotidiano es motivo casi constante de su poesía. No importa que la impresión de un hecho vulgar carezca de espiritualidad: ella le comunica la suya, y el hecho aparece espiritualizado.”

La espiritualidad es aquí sobre todo el espacio en que tiene asiento el amor, pues todavía no ha despuntado la Carilda de los poemas eróticos de alto vuelo, se aprecia ya esa zona de su poética que puede llamarse hogareña, de realce de las pequeñas cosas que conforman la existencia, a veces poesía que se hace con especias e ingredientes de cocina, pero que transmite una sensibilidad que la distinguía ya en aquellos años como una singular promesa de las letras cubanas.