4.1.3.3.5 “Los huesos alumbrados”, 1988, de Carilda Oliver Labra (1922- )

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4.1.3.3.5

Un año antes de la publicación de “Los huesos alumbrados”, Rafael Alcides había afirmado en la carta abierta que le escribiera a la poetisa: “Tu poesía es como el cigarro: un vicio del que nunca lograré curarme. Lo adquirí muy temprano. Siempre quise mucho, quise más, quise todo y soñé en mi adolescencia eterna, un amor violento que pareciera un desastre, un cataclismo, una gran catástrofe de los cielos –como ocurre en tus poemas.”

Este signo continuó reinando en el hálito que recorre los poemas que integran en este cuaderno, de redivivo erotismo pero también desde un tono elegíaco, entretejidos así los motivos eternos del amor y la muerte en un canto que oscila entre fortaleza y desamparo, encontrando su asiento en la propia palabra lírica, sublimación de los propios vericuetos del ser a través del arte.

Sin embargo el lapso de los poemas se extiende por los años pre revolucionarios, verbigracia el poema “Poesía”, uno de los pocos de su producción que plasman un aliento en esencia metapoético, es fechado en 1958, el mismo resguarda quizás la clave de lo que ha sido para Carilda el acto sostenido de la creación poética, la entrega a este destino más allá del propio sentir conmovido que transpira en sus versos:

“En esta conjura de los cepos,
de las pinzas;
en este imperio de pústulas,
en esta ronda de la sed y el látigo,
socórreme.

Yo no tengo más que tu espada
y tu consolación.
Yo no tengo más que tu seña y tu libertad.
Baja a mí para los otros.”

En estos versos se reitera el tópico de la pobreza y el contenido social que aflora como siempre a través de un amor conmovido, el cual adquiere a veces naturaleza hilozoísta, sobre todo hacia lo frágil que la circunda y por lo que ella teme, como metafórica madre de toda criatura.

Es “Voz de la novia” uno de los poemas en que se aprecia con más claridad, sin perder por ello lo polisémico y la densidad de matices esencial a la poesía, el sentimiento patriótico y la militancia revolucionaria de la matancera, en cierto modo afín a la carta que Frank País dedicara a su novia en similar coyuntura, estos versos tienen ecos asimismo de la renuncia al amor de la bayamesa y en un sentido más amplio el patriotismo femenino pero acoplado a una elevada expresión artística:

“Si el tiempo no estuviera
raído de vergüenza,
si no hubiesen ahorcados en el atardecer,
si no estuviéramos
a mil novecientos cincuenta y ocho
en Cuba.

Si la sierra no fuese mi propia entraña,
yo podría
decir que te amo.
(…)
Si la luna no estuviera temblando
de injusticia,
si el ojo de la abeja no duplicase el arma,
yo podría decir que te amo;
pero ha sonado la guerra
y todos los alfileres se declaran.

No me toques…

Granada taciturna,
estallaré para la patria.”

También aquí dedica un lírico homenaje al autor de los versos sencillos en “Décima a Martí”, pero sobre todo lo rescata para la nueva coyuntura histórica, es este un cuaderno que es a un tiempo hesitación y nuncio del porvenir, en el que aparece la muerte descarnada pero esta se convierte a su vez en símbolo de una nueva vida, imagen a la que en cierto modo remite el título de “Los huesos alumbrados”.