4.1.3.4.3 La obra poética y literaria desplegada por Heberto Padilla (1932 – 2000) después de emigrar de Cuba en 1980

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Heberto Padilla continuó escribiendo después de su arribo a los Estados Unidos a inicios de la década del 80, el evento acaecido en Cuba le acarreó la atención de los intelectuales, los cuales se dividieron a favor y en contra del “caso Padilla”, como en ese entonces se conoció; sin embargo su actitud política opacó en cierto modo el talento literario del cual había dado muestras, al margen de la orientación ideológica que asumiera.

En los primeros años de exilio publica “El hombre junto al mar”, 1981 y los textos menos conocidos de “Las catedrales del agua” y “Legacies”, impregnadas estas de un aliento coloquial de más hondura que lo usual, también asociados a sus vivencias dentro de la Revolución y en relación a la historia, retomando al parecer sin proponérselo ciertos aspectos del legado origenista.

El abrevadero poético del pasado y las pretendidas aguas del leteo de aquel presente establecen cierto contrapunto, el poeta pretende aferrarse al carpe diem y superar el pasado pero alguna reminiscencia infantil lo interrumpe, reiterando así el ancestral dilema del emigrado y una relación con lo patrio que se torna ambigua, pero nostálgica en esencia:

“Nunca puedo evitar que en las horas menos pensadas
reaparezca una casa donde viví de niño.
Algunas –recuerdo- no eran feas, pero no las amaba.
Yo quería construir un galpón de madera,
un corredor de ocuje
de entresuelos enormes
donde enterrar mis flechas, mis piedras
mis tesoros.
Todo el tiempo mudándonos de casas
(en la infancia y después)”

Su obra narrativa resulta menos conocida, iniciada incluso en el lapso de su declive revolucionario, con “El buscavidas”, novela que fuera publicada en Cuba en 1963. Ya en el exilio escribiría “En mi jardín pastan los héroes”, año 1986 y el texto “La mala memoria”, de despliegue autobiográfico en el que confluyen rasgos del ensayo y elementos propiamente narrativos, faceta que completa su vocación literaria más allá de lo exclusivamente lírico.

Su texto poético cuasi final “Un puente, una casa de piedra” contiene también algunas claves de su percepción de la realidad y el entrañable vínculo con la Isla, recreado asimismo en “Los sueños nunca se cumplen”. Será siempre recordado Padilla como una de las voces más auténticas de la generación del 50, que emergió desde el marasmo colectivo para dar testimonio de un tiempo complejo y su propio ser inmerso en el ímpetu de la historia.

Guillermo Cabrera Infante comentaría: “Su muerte lo que nos deja es tristeza porque ha muerto, además de un buen hombre, un poeta importante. Y eso es lo lamentable: que no habrán más poemas de Heberto Padilla, con su extraordinaria manera de versar”.