4.1.3.9 Otros poetas pertenecientes a la generación del 50

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Como sucede siempre en literatura, la denominada generación del 50 estuvo conformada no solo por los poetas que han trascendido el ámbito de su época para figurar en la memoria colectiva, sino que otros con menos calidades contribuyeron no obstante a nutrir el panorama lírico, en definitiva como base de la pirámide en cuya cúspide se encuentran muchos de los autores ya abordados en otros acápites, no obstante otras voces también están entretejidas en la historia poética de la nación.

Entre estos nombres se cuentan los de José Sardiñas Lleonart, con “Isla de sangre”, de 1949 y Ventura García, autor de “Vendimia de primavera”, 1947 y “La sonora inquietud”, 1948 que coinciden en la órbita del neorromanticismo y el eco de la estética de Juan Ramón Jiménez, cuyo influjo se extendió por un buen lapso en la década del 40 y ya adentrados los años 50.

También formó parte de este grupo Pedro de Oráa, con “El instante cernido”, de 1953, cuaderno que aun participando de la atmósfera neorromántica tenía vínculos estilísticos y temáticos con la poderosa impronta origenista, estableciendo así el hilo más visible de esta continuidad.

De esta etapa data asimismo el volumen “Las horas diferentes”, 1954, de Gustavo Navarro Lauten, que se asocia con la corriente epocal del neorromanticismo, insistiendo además en el cauce abierto tras el paso de Juan Ramón Jiménez por la Isla.

Otros autores que se inscriben en este lapso son Miguel Álvarez Puga, autor de un volumen titulado simplemente “Poesía”, de 1953; Rómulo Loredo, “Sueños de azúcar”, 1954 y Ángel N. Pou, con “Cantos de sol y salitre”, 1954, sin embargo difieren en cuanto a tendencias más allá del eje neorromántico y muestran desigualdades con respecto al nivel de realización artística inherente a sus obras.

Otro poeta que no es ciertamente una figura menor es José Álvarez Baragaño, autor ya en este lapso, en el año 1952, de “Cambiar la vida”, su obra no sigue el romanticismo de turno sino que opta por una poética vanguardista, permeada de significativos elementos surrealistas, contribuyendo así a conformar la variada palestra de nuestro parnaso de mediados de siglo.

Pueden apuntarse además Isidoro Nuñez, con el intimismo cercano a la Loynaz de “se diría noche”, José Guerra Flores, Carlos Dobal y Manuel Díaz Martínez -este último autor de “Frutos dispersos”, 1956 y “Soledad y otros temas”, 1957- Roberto Branly, Oscar Alvarado, Antonio Giraudier y otros que aportaron páginas si no de notable realización estética, sí de representaciones atendibles de mundos interiores a veces convulsos, en la difícil coyuntura del inminente hervidero revolucionario.