4.2.5.2 “Generales y Doctores”, de Carlos Loveira (1881 – 1928)

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4.2.5.2

“Generales y Doctores”, escrita en 1920, aborda con una perspectiva crítica la etapa del fin de la dominación española y la instauración de la República y subsecuente situación política y social. Aunque su óptica es más bien pesimista, no llegó sin embargo al tono acibarado de otros escritores y planteó sus reflexiones desde una óptica asociada al llamado choteo cubano, sin dejar por ello de ser incisivo en cuanto a develación de la realidad colonial y de los albores republicanos.

La obra consta de tres capítulos, titulados “En días de tristeza y duda”, “En días de fe y heroísmos” y “En días de incertidumbre y desconcierto” cuyos propios títulos reflejan en cierto modo la inutilidad de la conflagración revolucionaria, el retorno de la incertidumbre, el desmoronamiento de las esperanzas y la deposición de la actitud bélica, transformadora de una realidad adversa al ser nacional.

La secuencia narrativa es lineal, comienza en 1875, cuando ya se vislumbraba el fracaso del empeño liberador y la Isla continuaría domeñada por las autoridades españolas y finalmente el rejuego político tras el Pacto del Zanjón, en el cual se refleja el auge del autonomismo y la paulatina gestación de un nuevo hervidero independentista, todo lo cual corresponde al citado primer capítulo, en el que no deja de reflejar los intereses económicos que sustentan el coloniaje y la muerte incluso de “pobres galleguitos”.

El segundo capítulo ilustra sobre todo el ámbito de la emigración en los Estados Unidos y el entusiasmo patriótico que se respira con el estallido revolucionario de 1895, donde alude en varias ocasiones con reverencia a algunos de los padres de la independencia y los “pinos nuevos”, curtidos los primeros al calor de la gesta de 1868 y los otros padeciendo los rigores de la emigración. Sobre este punto incluye también valoraciones de la situación social de los más pobres allende los mares de la Isla:

“Eran los emigrados pobres, registrados todos como voluntarios en la junta; ansioso de volar a los campos de Cuba, en aquellas expediciones que por desgracia no menudeaban. Eran los desterrados que no dejaron bienes en Cuba, ni esperaban mensualidades, ni sabían inglés; que temblaban ateridos dentro de los abrigos pobrísimos; que para venir a los muelles en busca de viajeros para los hoteles, chapoteaban la nieve por las avenidas interminables, con los zapatos y los calcetines agujereados por el uso excesivo; que no perdían un mitin, llevaban en las faltriqueras el periódico de Trujillo y folletos con los discursos de Sanguily, y ostentaban orgullosos, en el ojal del agotado sobretodo, la banderita tricolor de sus ensueños.”

El último capítulo alude a la instauración de la República y la rápida emergencia de una casta política aspirante a todo tipo de prebendas, hasta desembocar en el campo de la corrupción; la dominación norteamericana aparece insinuada en algunos pasajes pero solo es entrevista, pues Loveira se detiene más bien en el paisaje político social sin adentrarse en su trasfondo neocolonial. Aun así toma siempre partido por los desposeídos y traza un vívido retrato de la gran brecha social, en cierto modo antecesora del pensamiento de Fidel, plasmado en “La Historia me absolverá”:

“Aquí hay dos categorías de pueblo. (…) Una, que es la que realmente trabaja, perseguida, carente de la legislación protectora que se le reconoce (…) en la mismísima España. Otra, seducida por los triunfos del arribismo político, hace comparsa en las mascaradas electorales, a caza del nombramiento o la “postulación”, con que cada día crece el número de los vividores del presupuesto.”

El citado choteo cubano matiza casi todos los pasajes, incluso de alta carga emocional, desde la infancia escolar del protagonista y narrador, Ignacio García; en este sentido sobresale también el uso de vocablos y giros lingüísticos típicamente cubanos, desde lo popular y como trasunto del léxico coloquial, en palabras como cuchufleta, buscapleitos, marchantería, dar pie con bola, etc.

Aunque el mencionado tono pesimista del autor impregna buena parte del texto, el colofón de la obra abre una puerta a la esperanza, cifrada en una transformación quizás raigal, deslizada sutilmente: “Soy optimista, por el pueblo; aunque en la dura senda a recorrer tengamos que detenernos a cantarle el “Más cerca de ti, Dios mío” al primer ensayo de república, comida como por un cáncer por la plaga funesta de los generales y doctores”