5.2 Rasgos distintivos de la música popular cubana en el Siglo XVII.

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En Cuba, en el Siglo XVII, el pueblo tenía en sus manos instrumentos y ritmos que imprimían su huella en el baile y en el canto. Elementos diversos se licuaban, dando pie a novedosas combinaciones métricas en el tratamiento melódico y poético. El carácter repetitivo de los esquemas importados no impidió el predominio del movimiento y el cambio.

Se destaca que a principios del siglo, por el año 1605, se ofreció a dar clases de órgano y canto, siendo probablemente el primer profesor de música que la población cubana haya conocido: Gonzalo de Silva.

En la isla, negros y blancos compartían ciertas preferencias por determinados ritmos y giros melódicos que iban resultando típicos, por tanto la música popular comenzó a aventajar bastante a la música oficial. Se produjo desde un principio algo espontáneo: el pueblo en sus momentos de expansión se valía de lo que tenía más cercano, blancos y negros, hicieron su música mezclando sin reservas lo español y lo africano.

En la Habana, esta mezcla se reflejó en los cantares y los modos de bailar del pueblo. Las relaciones entre el puerto habanero y el de Veracruz facilitaban el intercambio de melodías y ritmos. Estos no siempre eran bien vistos por el clero.

Canciones amatorias, sentimentales y picarescas, unas y otros de sabor y ritmos españoles, más o menos modificados por la influencia del ambiente tropical, constituyen el cúmulo musical de Cuba desde mediados del Siglo XVII.

En nuestro archipiélago durante el Siglo XVII abundaron las procesiones, con un peculiar aspecto, medio cristiano y medio pagano. Se alternaban las imágenes con muñecones carnavalescos. Hubo espectáculos callejeros y diversiones populares, celebradas siempre con “músicas”.

En esta etapa, la vida con música, se hizo más llevadera en los conventos. Se trataba de una de las tradiciones más arraigadas en España. La misma se importó a las colonias, inmortalizándose en Cuba. Bien entrado este siglo, en los alrededores del 25 de diciembre, podía verse ocasionalmente bailar una jota o un fandango en algún convento. Al repiqueteo de panderetas y castañuelas se olvidaba el enclaustramiento, repitiéndose entonces cantares regionales llegados a Cuba por distintas vías desde mucho antes. Estos cantos llegaron a la Isla y fueron acriollados posteriormente, con características propias, en las cuales se hacía evidente la mezcla de las razas.

Al verso octosílabo, nuestra mejor herencia ibérica, le debemos esa feliz disposición del pueblo cubano hacia el verso. Había sido también importado por los conquistadores en los fragmentos de romances. Se presentó en Cuba de diversas maneras, vaciándose la extensión de las estrofas. Las de esquemas más breves correspondían con frecuencia a canciones rústicas o campesinas, como ocurría con el villancico inicialmente, el cual más de una vez debió oírse en Cuba en los comienzos del siglo XVII.