La obra pictórica de Evelia Cruz Pérez (1898 – 1975)

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Evelia Cruz Pérez nació en Pinar del Río, en 1898, y falleció en 1975. Desde niña mostró su sensibilidad estética y su gusto por el pincel, vocación que contó con un decisivo apoyo familiar. En 1915 ingresó en la entonces conocida como Academia de Dibujo, Pintura y Modelado San Alejandro, donde mostró brillantes actitudes. Incluso, fue alumna del destacado pintor Leopoldo Romañach, quien apreció las cualidades artísticas de Evelia Cruz y le auguró una carrera exitosa.

No se limitó a la creación artística sino que se interesó por la docencia y la investigación, ámbitos en los que también obtuvo resultados alentadores. Se desempeñó por cierto tiempo como profesora de pintura de la Escuela Normal de Maestros de Pinar del Río, plaza que obtuvo por oposición, a partir de sus excelentes dotes y de la formación académica que había adquirido en la Academia de San Alejandro, en una época en que la mujer no era considerada plenamente como artista.

Sus investigaciones en el campo del arte sentaron un precedente importante para estudios posteriores y su obra trascendió sobre todo por su tratamiento preciso y elegante de la figura humana, aunque también es autora de algunos paisajes notables, inspirados fundamentalmente en las características forestales de Cuba. Aun joven, obtuvo varios premios y una beca que le permitió visitar las principales urbes europeas, continente en que residió por aproximadamente tres años.

Al regresar a Cuba continuó su labor artística y docente. En varias ocasiones participó en los salones de exposición que anualmente organizaba la Asociación de Pintores y Escultores del Círculo de Bellas Artes de La Habana; pero optó principalmente por la docencia, con lo cual quedaría en la sombra, en esta etapa, buena parte de su talento creador. Como profesora alcanzó el prestigio de ser, junto a Luisa Fernández Morrell, una precursora de la mirada femenina en torno a paisajes, figuras y acontecimientos.

Años después del triunfo de la Revolución, en 1963, decidió emigrar a Puerto Rico. Allí recuperó su vena creativa, expuso obras de valía y logró, en buena medida, el reconocimiento del público y de la crítica. Sin embargo, nunca abandonó su idiosincrasia, la tradición nacional de la cual sería continuadora y promotora en otras tierras, de innegables vínculos históricos con Cuba. En ambos países su obra sentó cátedra inspiradora para las jóvenes artistas de la plástica.