3.5.5 Episodios de la revolución cubana, obra publicada en 1890 por Manuel de la Cruz


Manuel de la Cruz (1861 – 1896), quien ya había andado camino en el periodismo, con textos remitidos desde España a “La Habana elegante” y otros publicados en “La ilustración cubana” y “El cubano”; fue el autor de una obra que vio la luz en 1890, titulada “Episodios de la revolución cubana”.

Esta obra, a diferencia de la mayor parte de los textos citados, no constituye la experiencia directa del autor sino que recoge relatos de sus participantes, cincelados desde el punto de vista estético y narrativo, con cierta voluntad de estilo que no entra en contradicción con el propósito revolucionario que albergaba la obra.

El realismo de los episodios es recreado en ágiles pinceladas, con un tono romántico que focaliza tanto el sacrificio colectivo como el arrojo individual y anónimo; para ofrecer una óptica vívida de la Guerra, a la vez que apuntaba hacia el despertar de la obnubilada conciencia nacional, a través de la evocación del pasado heroísmo y la posibilidad latente de triunfo.

Se interesó asimismo desde el punto de vista literario por la personalidad de los héroes que protagonizaron la epopeya nacional, en este sentido dejó inédito parte de un bosquejo biográfico sobre Ignacio Agramonte, por quien profesó auténtica admiración, debida en parte a sus ideas en materia de organización social.

Polemizó con Cirilo Villaverde con respecto a la figura de Narciso López, a quien consideró un anexionista de raíz, sin tener en cuenta los matices de la conducta de este y el propio valor que desplegó en sus acciones conspirativas, a pesar de su posición ideológica desacertada.

Colaboró estrechamente con José Martí en la preparación de la Guerra Necesaria, incluso sus textos despertaron positivos comentarios valorativos del Apóstol, tanto por la calidad literaria como por la implícita exhortación revolucionaria de la cual eran depositarios. Con respecto a “Episodios de la revolución cubana”, llegó a afirmar: “Los caballos debió Ud preparar; porque leer eso, para todo el que tenga sangre, es montar a caballo”

Aunque este texto constituyó el meollo de su literatura testimonial y revolucionaria, a lo largo de su vida política desplegó una intensa propaganda separatista, plasmada además en las hojas de “El Fígaro”, “Revista cubana”, “El país”, “El almendares”, “El porvenir” y “Patria”. Se valió de los seudónimos de Un académico de la lengua, El académico de Banes, Isaías, Un colaborador asiduo, Enmanuel, Juan de las Guásimas, Micros, Un occidental, Un redactor, Raimundo Rosas, Juan Sincero y Bonifacio Sánchez.

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