4.1.1.1 La obra poética y otros textos de Francisco Javier Pichardo (1873 – 1941)


Francisco Javier Pichardo había ya incursionado en la narrativa en la década finisecular, fundamentalmente en publicaciones periódicas de Camagüey, residió durante algún tiempo en México y se incorporó al Ejército Libertador en 1898. Sus expresiones literarias no fueron muy sistemáticas y abandonaría finalmente el camino de las letras para atender la Administración de Hacienda.

El único poemario que publicó se titula “Voces Nómadas”, en 1908, aunque dio a la luz algún que otro poema en periódicos de la época. El texto está conformado por la cifra de 83 composiciones, entre estas algunos sonetos, que aunque no están inspiradas en el espíritu renovador que impera en las primeras dos décadas del siglo, sí representan el llamado buen gusto en la hechura formal.

Al igual que cierta zona de la poesía de Agustín Acosta, establece un puente entre la corriente del criollismo y la poesía campesina, incluso la posterior tendencia social, que se cultivaría a lo largo de la primera mitad del siglo XX. En este sentido se inspira en la figura del campesino –“El Labriego”- y en tópicos asociados al trabajo de los más humildes; aunque ello no se sustente en una posición política consistente.

De esta vertiente resulta un soneto suyo recogido por José Lezama Lima, titulado “Paz agreste”:

“El viento que ha cruzado remotamente suena,
hundiendo en lontananza su perezoso vuelo.
Un pájaro, de un árbol oculto en la serena
copa, sus alas riza con vanidoso celo.

De súbito en la ruda labor de su faena
el labrador, dejando la azada sobre el suelo,
una mirada clava de indiferencia llena,
inmóviles los ojos en el azul del cielo.

Siguiendo el viejo hábito, la yunta desuncida
se busca en el follaje para pacer unida,
y el perro, suelto ahora, con su mirada opaca,

inútil por los años, nostálgico, enfermizo
al pie de su cadena que aun cuelga de una estaca
pasa las horas muertas, bajo del cobertizo.”

El poema contiene un canto a la naturaleza y a la sencillez de la vida campesina que es representativo de otros textos suyos de similar índole, incluso su último poema, de 1919, “Sobre el campo”, vuelve sobre este tópico. El trapiche y otros símbolos de la vida industrializada, además de la natural, están presente con fuerza en sus poemas, a veces con un velado tono de denuncia social que finalmente depone.

Además de su poesía y de algunas narraciones, concibió obras teatrales sin gran trascendencia, colaboraciones suyas fueron publicadas en: Letras, La Discusión, Azul y Rojo, Bohemia, El Fígaro y otros. Realizó también algunas traducciones de poesía. Sus textos en ocasiones fueron rubricados con los seudónimos de Kaolino, Tarás, Pacarchio y sus propias iniciales.

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