2.1.11 La obra poética de Juan Clemente Zenea (1832 – 1871)

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Si bien Zenea asimiló la tradición lírica del país, los presupuestos de la escuela romántica cubana y el nativismo que estaba en las bases del pujante sentimiento de nacionalidad, sus incursiones poéticas indican que el autor bebió de fuentes universales, al desligarse un tanto incluso del romanticismo español – exceptuando la poética de Bécquer, de cuya sensibilidad fue muy afín- y desarrollar líneas creativas vinculadas a los movimientos románticos que tenían lugar en Francia e Inglaterra.

El paisaje juega un nuevo papel en su obra, no como distintivo de la identidad insular sino como cuadro al que transfiere su estado afectivo, lo cual fue común a casi todo el romanticismo europeo. Sus versos producen el efecto de ser fruto de una inspiración repentina y sostenida, que lo lleva a un mundo interior signado por la ausencia, lo incorpóreo y la nostalgia evocadora; sin embargo, una lectura más cuidadosa revela el exquisito tratamiento de los tópicos y el cincelado formal, con una voluntad de estilo que no anula la fluidez expresiva.

Su poema más conocido y uno de los mejores logrados en la historia de la lírica nacional, ha sido sin dudas “Fidelia”, que culmina con las siguientes estrofas:

“¡Bien me acuerdo! ¡Hace diez años!
¡Y era una tarde serena!
¡Yo era joven y entusiasta,
Pura, hermosa y virgen ella!
Estábamos en un bosque
Sentados sobre una piedra,
Mirando a orillas de un río
Como temblaban las yerbas.

Yo no soy el que era entonces,
Corazón en primavera,
Llama que sube a los cielos,
Alma sin culpas ni penas
Tú tampoco eres la misma,
No eres ya la que tú eras,
Los destinos han cambiado:
Yo estoy triste y tú estás muerta”

El “temblor de las yerbas” parece aludir al propio estado físico y espiritual de los amantes, la deliciosa incertidumbre que un ser puede despertar en el otro, pero todo ello desde la placidez y la confabulación del entorno con el encuentro amoroso. Este pasado es contrapuesto con el desolado presente en casi todas las estrofas, provocando una creciente melancolía, propia del tono elegíaco que caracteriza a este y otros poemas de fuerte estro romántico.

Sobre su lugar dentro del romanticismo, Raúl Roa expresara: “Zenea supo, como pocos, infundirle sustancia poética a la espesa melaza del sentimentalismo literario y del llanto retórico. Uno de sus méritos más relevantes es haber sorteado airosamente el estrago (…) de la delicuescencia y el gemido”. El romanticismo de Zenea fue auténtico en cuanto a la visión trágica de la existencia, no se trató solo de una mera pose literaria, y su destino, como el de tantos otros que escribieron y vivieron de acuerdo a los cánones de esta corriente, vino a confirmarlo brutalmente.

Sobre la posición política asumida por Zenea, este condenó en sus versos el ajusticiamiento de Narciso López en 1851, quien encabezó una expedición armada hacia Cuba con el objetivo de provocar un levantamiento contra España. El anexionismo que propalaba, aunque no fuera una alternativa válida para el país, constituía una manifestación de antiespañolismo y en definitiva Zenea simpatizaba con esta y con la bizarría inobjetable de Narciso López.

Sin embargo en 1870 el poeta viajó clandestinamente a Cuba desde los Estados Unidos, para cumplir una misión de la Junta de Información de Nueva York; pero simultáneamente portaba un salvoconducto del Embajador de España en los Estados Unidos y al parecer una propuesta de autonomía para los insurgentes. Estas circunstancias no han sido del todo explicadas, pero Zenea fue capturado y fusilado en la fortaleza de la Cabaña en agosto de 1871.

Las piezas poéticas que gestó en prisión, recogidas en “Diario de un mártir” expresan sobre todo el amor a su esposa y su hija y la evocación del cálido ambiente familiar, no contienen referencias a la Patria y no se aprecian sentimientos de culpabilidad sino una integridad moral sorprendente ante la inminencia de la muerte.