2.1.5 El precursor del romanticismo en lengua española, José María Heredia (1803 – 1839)

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José María Heredia nació en Cuba, pero vivió muy pocos años en la Isla. Parte de su niñez residió junto a sus padres en Venezuela y sus primeros años de adolescencia transcurrieron en México. Retornó a Cuba en 1821, durante esta estancia publicó algunos poemas en diarios del país, entre ellos “A la insurrección de la Grecia en 1920”, donde ya expresa abiertamente sus ansias de libertad para Cuba, su actividad intelectual y ciertos vínculos con el movimiento conspirativo de “Soles y Rayos de Bolívar” despertaron la suspicacia del Gobierno Español y se ordenó su apresamiento. Enterado de ello, tuvo tiempo de huir y asilarse en los Estados Unidos.

En 1825 se traslada nuevamente a México, por invitación del presidente Guadalupe Victoria. En 1836, ya en un deteriorado estado de salud, viaja por unos meses a Cuba, en la coyuntura de la amnistía decretada por el Capitán General Miguel Tacón, quien autoriza el viaje. Fallece en tierra mexicana el 7 de mayo de 1939.

Heredia descuella como el primer poeta de la Isla cuya obra alcanzó realmente categoría de universalidad, a la vez que marca un hito en cuanto a la formación de la nacionalidad cubana, que en su lírica toma definidamente la senda independentista. Aunque de instrucción neoclásica, constituye a todas luces el primer poeta romántico de la lengua española y la valía de su obra ha sido ampliamente reconocida por estudiosos y críticos de aquellos y estos tiempos. José Martí llegaría a afirmar: “El primer poeta de América es Heredia. Sólo él ha puesto en sus versos la sublimidad, pompa y fuego de su naturaleza. El es volcánico como sus entrañas y sereno como sus alturas”.

Sus nexos con las Américas están dados en primera instancia por los países en que residió y que contribuyeron a su inspiración romántica, en este sentido cabe destacar que su posición ideológica fue evolucionando desde el españolismo paterno hasta la independencia como bandera, aun fuera de las fronteras de Cuba, por lo que su credo para América se tornó un canto de libertad.

Sin embargo, lo cubano permeará su obra como una añoranza que se manifiesta en perenne evocación, y nostalgia que otros paisajes no logran conjurar. Entre sus obras más conocidas destacan “En el Teocalli de Cholula” poema compuesto en México, en alabanza de las ruinas aztecas y “Oda al Niágara”, obra que alcanzó tal popularidad que sirvió para bautizar al poeta como el “Cantor del Niágara”

En sus versos ante el Niágara, aunque un tópico extranjero funge como leitmotiv de la ilación poética, trasluce también la añoranza de la patria: “…!Ay! ¡Desterrado / Sin patria, sin amores, / Solo miro ante mí llanto y dolores! / ¡Niágara poderoso! /Adiós! ¡adiós! Dentro de pocos años /Ya devorado habrá la tumba fría / A tu débil cantor…” . En su viaje marítimo desde los Estados Unidos a México, cuando la embarcación se encontraba cerca de la costa norte de Cuba, divisa la elevación del Pan de Matanzas, y la emoción que lo embarga entonces queda plasmada en su poema “Himno del desterrado”, del que se reproduce su estrofa final:

“¡Cuba! Al fin te verás libre y pura
Como el aire de luz que respiras,
Cual las ondas hirvientes que miras
De tus playas la arena besar.
Aunque viles traidores le sirvan,
Del tirano es inútil la saña,
Que no en vano entre Cuba y España
Tiende inmenso sus olas el mar.”

Resulta curioso que nuestro primer poeta romántico sea también el primer poeta independentista, con lo cual este afán cuajaría en las letras románticas durante todo el lapso en que se extiende este movimiento, incluyendo los primeros años de insurrección. Los aportes de Heredia a la nacionalidad cubana son tejidos desde el recuerdo y la ausencia evocadora, pero en su obra está implícita la libertad como condición sine qua non de nación, y muchos de nuestros símbolos patrios, entre ellos la estrella solitaria y la palma real, antes de ser reconocidos como tales, pervivieron como figuras recurrentes en sus versos.