2.1 La poesía y sus principales cultivadores en la etapa de 1790 – 1868

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A diferencia de otros géneros literarios, la poesía en Cuba alcanzó calidades que la situaron en un sitio destacado dentro de las letras hispanas. Con lógicas interacciones e imbricaciones, se pueden diferenciar dos períodos fundamentales: de 1790 a 1820 en que se desarrolla el neoclasicismo y desde 1820 y hasta 1868, etapa en la que impera el ideal romántico, aunque este continúa influyendo durante parte de las luchas independentistas.

Sobre el primer período acotado, Virgilio López Lemus refiere: “Entre 1790 y 1820, como fechas aproximadas, se extiende el lapso del neoclasicismo, caracterizado por formas clásicas semejantes a las que se emplean de preferencia en la metrópoli, con evocaciones de dioses grecolatinos y un singular canto a la naturaleza como aproximación asombrada, ingenua incluso, frente a la otredad que desea subrayarse, con clara voluntad de mostrar sus diferencias en relación con Europa”

El neoclasicismo llegó en un momento tardío con respecto a la producción poética europea, especialmente española, de donde bebía sus moldes y a la par sus rigideces conceptuales y formales. El contenido de la poesía cubana de signo neoclásico respondía ya a la naturaleza insular y esta distinción paisajística tendía asimismo a configurar la distinción política que se expresaba en el concepto en ciernes de la nacionalidad. Sin embargo en lo formal, las estructuras estróficas y los modelos versales, así como la propia concepción estética de lo poético, lo que se escribía en la colonia constituía mímesis de la propia poesía española. El poeta que sobresale dentro del clasicismo es Manuel de Zequeira, autor de la famosa oda “A la Piña”, y también son dignos de mención Manuel Justo de Rubalcava y Manuel Pérez y Ramírez.

Sin embargo, la trascendencia de la poesía cubana en la etapa está dada por la primera generación de poetas románticos, aun inspirados en moldes neoclásicos pero que eran ya portadores de una nueva sensibilidad: José María Heredia, José Jacinto Milanés y el singular Plácido, sin olvidar a Gertrudis Gómez de Avellaneda, que contribuyó a conformar después la tradición de esta corriente. El romanticismo de la etapa alcanzaría también altas cimas con las obras de Juan Clemente Zenea y Luisa Pérez de Zambrana.

Nuestro romanticismo no fue tan deudor de las letras hispanas, pues casi coincidieron en el tiempo, a diferencia del desfasaje acontecido con el neoclasicismo; sin embargo si estuvo bañado por las “aguas poéticas” del caudal francés. En cierto sentido, no representó una ruptura radical con el neoclasicismo precedente, sino que ocurrió más bien una transición gradual hacia sus cánones; sin embargo en el medio literario y las principales publicaciones de la época fue rechazado al principio -aceptado después con reticencias- por revertir significativamente la visión dogmática de orden, equilibrio y racionalidad propia de la poética neoclásica.

Aunque existen características comunes a todo el movimiento romántico que tenía lugar en Europa e Hispanoamérica, sus manifestaciones en Cuba, por las condiciones del país en cierto modo contradictorias de isla y colonia, revistieron un carácter peculiar. Vale destacar que la exaltación romántica del yo y su libertad individual –concebida de manera anárquica- en oposición a la moral social impuesta, se expresó en Cuba a través de un yo colectivo, una sociedad que en conjunto aspiraba a autoafirmarse en la libertad. Más allá de lo puramente literario, ello dotaría al romanticismo cubano de un contenido político y lo vincularía indisolublemente al anhelo independentista, sobre todo en materia de poesía.