2.3.6.3 La novela “Sab”, de Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814 – 1873)

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2.3.6.3 (b)

Sab constituye la primera novela escrita por Gertrudis Gómez de Avellaneda, entre 1838 y 1839, cuando ya residía en España, aborda también el tema de la esclavitud, a tono con lo que se escribía en la Isla bajo la égida ética y estética de Domingo del Monte; aunque para la fecha no entabló contacto con el círculo de este intelectual, quien pulsaba casi todas las cuerdas de la producción narrativa antiesclavista, la confluencia en el tópico indica cuan apremiante se había vuelo la solución de este flagelo.

El protagonista de la novela es un esclavo de piel mestiza, en su argumento la Avellaneda consigue profundizar en el engranaje de la sociedad clasista, la naturaleza insular aparece descrita con maestría, lo cual muestra que la memoria emotiva de la autora se mantenía viva, quizás con el paso del tiempo iría perdiendo los matices más nítidos de su terruño de ultramar; pero sobreviviría en esta y otras de sus piezas, la vehemencia americana con que se vuelca en la exposición de los temas más candentes de su tiempo.

La Avellaneda, a pesar de su juventud, había alcanzado un considerable dominio de la lengua española, ello se manifiesta en el texto, aunque en ocasiones se enfrasca en retoricismos típicos de la primera etapa romántica, incurre en idealizaciones que traslucen su poco contacto real con el fenómeno que aborda, que no ha sido realmente vivenciado sino visto a través del tamiz de todos los condicionamientos sociales tan difíciles de eludir.

Además de la esclavitud, otro vórtice de la obra lo constituye la situación de la mujer en la sociedad del siglo XIX, incluso la autora imbrica ambas problemáticas al hacer que uno de los personajes femeninos se enamore del esclavo Sab, lo cual, aun siendo en el ámbito de la ficción, constituía un escándalo y le acarreó las críticas de los más moralistas de su época.

Algunos críticos señalan que el “blanqueado” del personaje, le resta capacidad de representar a todo un estrato social en el que, aunque se infiltrara el mestizaje de través, primaba el color negro puro traído desde las calientes praderas africanas. Sin embargo, el propio mestizaje alude a amores de los más ilícitos, que inspiraban a un tiempo horror y fascinación, repudio e imantaciones que se saciaban en la clandestinidad de salones y barracones por igual, muy afín al regusto de la Avellaneda por ir contra las más rígidas convenciones sociales.

La autora establece un paralelo entre la situación de los esclavos y la de la mujer: “!Oh! ¡Las mujeres! ¡Pobres y ciegas víctimas! Como los esclavos, ellas arrastran pacientemente su cadena y bajan la cabeza bajo el yugo de las leyes humanas. Sin otro guía que su corazón ignorante y crédulo, eligen un dueño para toda la vida. El esclavo al menos puede cambiar de amo, puede esperar que comprando oro puede comprar algún día la libertad, pero la mujer, cuando levanta sus manos enflaquecidas y su frente ultrajada, para pedir libertad, oye al monstruo de voz sepulcral que le grita: En la tumba”

Esta novela generalmente se obvia en la historiografía literaria del género en el siglo XIX, aun cuando forma parte de su definitivo despuntar. La Avellaneda llevaba muy poco tiempo residiendo en España cuando la obra vio la luz, quizás la hubiese estado concibiendo desde alguna fecha anterior a su salida de Cuba, en su retina llevaba fresco el paisaje espiritual de la Isla y como la esclavitud lo oscurecía irremediablemente, lo cual supo plasmar con bastante acierto, sobre todo a partir de la empatía con el personaje, que construye desde su condición de mujer, más que de un conocimiento profundo del fenómeno en sí.