3.2.2.1 Mozart ensayando su réquiem, de Tristán de Jesús Medina (1833 – 1886)

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3.2.2.1

La obra “Mozart ensayando su réquiem”, de Tristán de Jesús Medina, fue publicada en 1881; no se inscribe dentro de ninguna de las corrientes literarias imperantes en la Cuba finisecular tanto por el tópico como por su marcado misticismo. La estructura de la obra parece remitir a una analogía con la propia creación musical y en este sentido es antecesora del modernismo y especialmente de cierta zona de la narrativa de Alejo Carpentier, quien también fue un diletante.

El texto posee una mayor vocación de universalidad que otras piezas de la literatura cubana de la época, ello no por el hecho de haber tomado como leitmotiv parte de la vida del genio y la esencia ecuménica de la música; sino por la manera en que los personajes reflejan rasgos arquetípicos, sin dejar de tener cierta individualidad y sin que la novelada figura de Mozart pierda todo contacto con el ser de carne y hueso que fue.

El autor, en el prólogo de su obra se refiere a un “magnetismo de recurrencia”, que constituye un recurso rítmico – literario en que se funda esta afinidad con el tipo de composición musical a que se refiere.

El texto apuesta por la superación espiritual del dolor a través de la voluntad creadora, patente en la vida y obra de Mozart, en cuyo abordaje confluyen veracidad e idealización y sentimientos humanos de diversa índole que padeció o de los que fue objeto el genial compositor, elevados a una alta categoría estética.

Es posible incluso atisbar la personalidad de Mózart a través de los perfiles psicológicos de las mujeres que formaron parte de su vida; pero más allá de esto el autor intenta develar algo del complicado atolladero de los sentimientos y pasiones humanas, con mayor énfasis el amor.

El texto está muy influido por lo mejor del romanticismo alemán; pero apunta ya hacia algunos tópicos modernistas; el ya citado misticismo no se expresa tanto en el culto a la divinidad como a través de la contemplación de la belleza artística y la inmersión del sujeto dentro de su propio ser espiritual. Al igual que en sus piezas poéticas está presente el canto a la muerte como coronación de la vida y perfección de lo eterno.

El texto termina con este párrafo, en el cual confluyen los rasgos estilísticos del autor: “¡Dime tú, espíritu divino, por qué sólo tú posees el secreto de los números y no admites cero en tus cantidades portentosas! ¡Dime tú cuál es el poder místico santificante de tus números eternos y de tus notas de eternos ecos! Tu pensamiento graciosísimo, Apolo mesiánico, orféico Adonaí, siempre risueño, poético y melódico, fue quien elevó el gran cero del caos a números, a reglas y a cadencias deleitosas. ¡Cuando creaste el universo, hiciste celebrar tu obra en concierto sin fin, y escogiste el agua y el aire, esa lágrima y ese suspiro que jamás se desvanecen, por tenores apasionados de la gran orquesta; la tierra lóbrega y sepulcral por bajo profundo; y la luz, la riente luz y sus rayos vivos y sus locas palpitaciones, por sopranos infantiles, por tiples arcangélicos! ¡Dios mío y suyo! ¡Para tu Mozart y mío, lo mejor y más codiciado de tus tabernáculos!… Réquiem… eis…! ”