4.1.1.3 La obra poética de René López (1881 – 1909)

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René López fue en su momento una promesa para las letras cubanas; pero afectado por la muerte de su madre en 1902, su estancia en un sanatorio de Nueva York, la bebida y el efecto de las drogas minaron sus potencialidades y falleció finalmente víctima de una sobredosis de morfina.

Su vida y la línea lírica que siguió tiene muchas similitudes con la de Julián del Casal, sin asumir en su obra un culto explícito como si fue el caso de otros escritores, la predilección por los ámbitos sombríos y la atracción por la muerte les son comunes, René López incluso fue más lejos en la evasión a través del consumo de estupefacientes.

Como muchos poetas insulares, estableció una peculiar relación con el mar, como testimonia su poema más conocido y antologado, “Barcos que pasan”, del cual se transcriben algunos versos:

“!Oh barcos que pasáis en la alta noche
por la azul epidermis de los mares,
con vuestras rojas luces que palpitan
al ósculo levísimo del aire,
(…)
Cuando lleguéis al puerto en que os esperan
envueltos en las nieblas matinales,
¡para cuantos tendréis lluvias de flores!,
¡para cuantos tormentas de pesares!
Del libro de mi vida sois las páginas,
escritas con suspiros y con sangre;
la pluma del Dolor trazó sus letras,
la Desesperación grabó sus frases.
¡Y al miraros pasar como ilusiones,
entre brillantes flores y cantares,
pienso en la nave que albergó en su seno
el cuerpo inerte de mi pobre madre!
¡Oh barcos que pasáis en la alta noche
por la azul epidermis de los mares!”

Estos versos constituyen el colofón del poema, que comienza con la personificación de los barcos, el sentido del movimiento y la incertidumbre de los destinos en contraste con lo que se revela al final como dolorosa certidumbre de la muerte de la madre del poeta y de ahí la melancolía aposentada; si se conjetura un poco, su propia vida transcurre en un círculo vicioso, antítesis de la fortaleza de los barcos y el desafío de los mares que estos emprenden sin cejar.

La muerte de la madre quizás despierta atisbos del complejo de Edipo, lo cual determina una vuelta a la infancia y la evocación de las sombras de tánatos quizás para conjurar la soledad; pero sus poemas no son demasiado explícitos sino que sugieren sus abismos personales a través de ilaciones más bien subliminares.

El poeta contó con la amistad de Regino E. Boti y otros contemporáneos, como Max y Pedro Henríquez Ureña. Participó de la redacción de la revista “Cuba Libre”, colaboró asimismo en “El Fígaro”, “Azul y Rojo” -donde fue premiado por su poema “Alma y Materia”-, “Letras” y “Cuba y América”. Sus versos fueron incluidos en la antología “Arpas Cubanas”, preparaba un poemario con el título cuasi revelador de “Moribundas”, cuando le sobrevino la muerte.

Jesús David Curbelo afirmó sobre el poeta: “El curioso René López (1882-1909) fue epidérmico y fugaz como sus barcos en el mar de nuestra poesía. Elegante, decadente, iluminado en ocasiones (en el poema «Canción pueril»), mas no un buscador del silencio, sino alguien que, por accidente, murió demasiado temprano”