4.1.3.3.1 “Al sur de mi garganta”, 1949, de Carilda Oliver Labra (1922 – )

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4.1.3.3.1

Aunque Carilda Oliver Labra había publicado ya “Preludio lírico”, en 1943, con un prólogo encomiástico de Fernando Lles y Berdayes, no es hasta “Al sur de mi garganta”, que alcanza notoriedad pública y cierto reconocimiento por la crítica, siendo incluso galardonada con el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Educación en 1950 por esta obra de corte neorromántico, en la que ya se aprecia, si no una teoría poética como tal, que no se interesó por conformar, sí una conciencia notable con respecto a los derroteros y riesgos del oficio.

El texto apareció desde su primera edición precedido de esta nota de evidente matiz lírico: “Publicar versos es descubrir verdades que ni siquiera sospechábamos adentro y que de otro modo quedarían inconfesas. Es siempre la profanación de una intimidad inefable. Por ello dudé de abrir mi Poesía. Pero algo extraño y confuso sucedió: las palabras, trémulas, comenzaron a subir sin mi permiso, hacia la garganta, irremediablemente, desde el sur… Tuve que dejarlas en papeles dóciles y moribundos que apenas podían soportar su peso. Allí se borraban. Entonces llegué a comprender la oscuridad de este destino: ellas – que habían nacido para darse- estaban obligadas al silencio.

Quise ser justa. Quise otorgarles su natural derecho a la luz. Aquí están: con sueño aún, perfectamente puras, sin credenciales; sin apoyo de gracia; sin otra presunción que el elemental deseo de vivir.”

En este poemario se aprecia el desenfado propio de la juventud, aunque desde el punto de vista formal es bastante pulido y presenta ya el particular asociacionismo de Carilda, a veces concomitante con el surrealismo insular de cultivadores como Félix Pita Rodríguez en “Corcel de fuego”.

Desde el punto de vista psicológico se evidencia su procedencia de señorita de clase media, que aspira a superar la propia imagen que la sociedad demandaba de su sexo y mostrarse tal cual; esta necesidad de autodefinición se reitera en muchas de las piezas que integran el poemario, incluso en el primer texto, con el sugestivo título de “Elegía por mi presencia”, del cual forman parte las siguientes estrofas:

“Estoy sobre la tierra, con mi frente,
despidiendo las nubes del paisaje.
Le regalo un suspiro al sol poniente:
yo no me voy de viaje…
(…)
Que no conozcan mi actitud de lluvia…
Quiero ser solo una muchacha pobre,
esa muchacha rubia
parecida a la yerba, al pan y al cobre.
(…)
Cansada de fingir
estoy sobre la tierra entre la bruma
de todo lo que existe:
el horizonte, el árbol y la espuma;
yo no me sé morir.”

El tono elegíaco, amén de los títulos, está presente en muchos de los poemas, sin dudas imbuido del neorromanticismo, con alguna reminiscencia de la sencillez personal de Luisa Pérez de Zambrana que no cuaja del todo en la diferente personalidad de Carilda, la juvenil necesidad de autodefinición y un sentido de la femineidad que dista siglos de la actitud recogida, como fiel desposada, de la Zambrana.

La religiosidad recorre también estas páginas, cierto cuestionamiento que tiene un vago referente en el libro bíblico de Job, pero sin rebeldía. A la par que expresa su desdén o más bien desapego por ciertas imposiciones sociales, por “la gente que me llama doctora o señorita” se interesa por lo minúsculo y lo desvalido y ello está dado en una cuerda sentimentalista pero sin deplorables excesos; a todo ello subyace una concepción hilozoísta que tiene raíz de amor.

Otro elemento importante es el descubrimiento de la muerte en su inmediata acepción de ausencia, además el desvalimiento, la pobreza, que despiertan un dolor de la verdad de las cosas, afrontado con sinceridad, abierta en este sentido a las vicisitudes de la vida. Su expresión se vuelca fundamentalmente en formas estróficas cerradas, como el soneto y otras composiciones, haciendo ya gala de un estilo al que sumaría nuevas ganancias expresivas a lo largo de los años de su existir.